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III FUNDAMENTOS TEOLÓGICOS
«Es justo
que, mientras el segundo milenio del cristianismo llega a su fin, la Iglesia asuma
con una conciencia más viva el pecado de sus hijos recordando todas las
circunstancias en las que, a lo largo de la historia, se han alejado del
espíritu de Cristo y de su evangelio, ofreciendo al mundo, en vez del
testimonio de una vida inspirada en los valores de la fe, el espectáculo de
modos de pensar y actuar que eran verdaderas formas de antitestimonio y de
escándalo. La Iglesia, aun siendo santa por su incorporación a Cristo, no
se cansa de hacer penitencia: ella reconoce siempre como suyos, delante de Dios
y delante de los hombres, a los hijos pecadores»40.
Estas palabras de Juan Pablo II subrayan cómo la Iglesia se encuentra
afectada por el pecado de sus hijos: santa, en cuanto hecha tal por el Padre mediante
el sacrificio del Hijo y el don del Espíritu, es en un cierto sentido también
pecadora, en cuanto asume realmente sobre ella el pecado de aquellos a quienes
ha engendrado en el bautismo, análogamente a como Cristo Jesús ha asumido el
pecado del mundo (cf. Rom 8,3; 2 Cor 5,21; Gál 3,13; 1
Pe 2,24)41. Por otra parte, pertenece a la más profunda
autoconciencia eclesial en el tiempo el convencimiento de que la Iglesia no es
sólo una comunidad de elegidos, sino que comprende en su seno justos y pecadores,
del presente y del pasado, en la unidad del misterio que la constituye. De
hecho, tanto en la gracia como en la herida del pecado, los bautizados de hoy
son convecinos y solidarios con los de ayer. Por ello se puede decir que la
Iglesia, una en el tiempo y en el espacio en Cristo y en el Espíritu, es
verdaderamente «santa al mismo tiempo y siempre necesitada de
purificación»42. De esta paradoja, característica del
misterio eclesial, nace el interrogante de cómo conciliar los dos aspectos: de
una parte, la afirmación de fe de la santidad de la Iglesia; de otra parte, su
necesidad incesante de penitencia y de purificación.
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