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1. El
misterio de la Iglesia
«La Iglesia
está en la historia, pero al mismo tiempo la trasciende. Solamente “con los
ojos de la fe” se puede ver al mismo tiempo en esta realidad visible una
realidad espiritual, portadora de la vida divina»43. El
conjunto de los aspectos visibles e históricos se relaciona con el don divino
de manera análoga a como en el Verbo de Dios encarnado la humanidad asumida es
signo e instrumento del actuar de la persona divina del Hijo: las dos
dimensiones del ser eclesial forman «una sola realidad compleja, constituida
por un elemento humano y otro divino»44, en una comunión que
participa de la vida trinitaria y hace que los bautizados se sientan unidos
entre sí, aun en la diversidad de tiempos y de lugares de la historia. En razón
de esta comunión, la Iglesia se presenta como un sujeto absolutamente único en
el acontecer humano, hasta el punto de poder hacerse cargo de los dones, de los
méritos y de las culpas de sus hijos de hoy y de los de ayer.
La no débil
analogía con el misterio del Verbo encarnado implica, no obstante, también una
diferencia fundamental: «Mientras Cristo, “santo, inocente, inmaculado” (Heb
7,26), no conoció el pecado (cf. 2 Cor 5,21), sino que vino a expiar
sólo los pecados del pueblo (cf. Heb 2,17), la Iglesia, recibiendo en su
propio seno a los pecadores, santa al mismo tiempo que necesitada siempre de
purificación, busca sin cesar la penitencia y la renovación»45.
La ausencia de pecado en el Verbo encarnado no puede atribuirse a su Cuerpo
eclesial, en cuyo interior más bien cada uno, partícipe de la gracia donada por
Dios, no está menos necesitado de vigilancia y de purificación incesante y
solidaria con la debilidad de los otros: «Todos los miembros de la Iglesia,
incluso sus ministros, deben reconocerse pecadores (cf. 1 Jn 1,8-10). En
todos, la cizaña del pecado todavía se encuentra mezclada con la buena semilla
del evangelio hasta el fin de los tiempos (cf. Mt 13,24-30). La Iglesia,
pues, congrega a pecadores alcanzados ya por la salvación de Cristo, pero
todavía en vías de santificación»46.
Ya Pablo VI
había afirmado solemnemente que «la Iglesia es santa, aun comprendiendo en su
seno a los pecadores, ya que ella no posee otra vida sino la de la gracia [...]
Por ello, la Iglesia sufre y hace penitencia por tales pecados, de los cuales
tiene, por otra parte, el poder de curar a sus propios hijos con la sangre de
Cristo y el don del Espíritu Santo»47. La Iglesia es, a fin
de cuentas, en su misterio, encuentro de santidad y de debilidad,
continuamente redimida y siempre necesitada nuevamente de la fuerza de la
redención. Como enseña la liturgia, verdadera lex credendi, el fiel
individual y el pueblo de los santos invocan de Dios que su mirada se fije
sobre la fe de su Iglesia y no sobre los pecados de los individuos, de cuya fe
vivida constituyen la negación: «Ne respicias peccata nostra, sed fidem
Ecclesiae Tuae!». En la unidad del misterio eclesial a través del tiempo y del
espacio es posible considerar entonces el aspecto de la santidad, la necesidad
de arrepentimiento y de reforma, y su articulación en el actuar de la Iglesia
Madre.
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