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2. La
santidad de la Iglesia
La Iglesia es
santa porque, santificada por Cristo, quien la ha adquirido entregándose a la
muerte por ella, es mantenida en la santidad por el Espíritu Santo, que la
inunda sin cesar: «Nosotros creemos que la Iglesia es indefectiblemente santa.
Pues Cristo, Hijo de Dios, a quien con el Padre y con el Espíritu llamamos “el
solo Santo”, ha amado a la Iglesia como esposa suya, entregándose a sí mismo
por ella para santificarla (cf. Ef 5,25s), la unió a sí mismo como su
propio cuerpo y la enriqueció con el don del Espíritu Santo para gloria de
Dios. Por eso, todos en la Iglesia son llamados a la santidad»48.
En este sentido, desde sus orígenes los miembros de la Iglesia son llamados los
«santos» (cf. Hch 9,13; 1 Cor 6,1s; 16,1). Se puede distinguir,
no obstante, entre la santidad de la Iglesia y la santidad en la
Iglesia. La primera, fundada en las misiones del Hijo y del Espíritu, garantiza
la continuidad de la misión del pueblo de Dios hasta el fin de los tiempos y
estimula y ayuda a los creyentes a perseguir la santidad subjetiva y personal.
En la vocación que cada uno recibe se halla radicada, por el contrario, la
forma de santidad que le ha sido donada y que se requiere de él, en cuanto
cumplimiento pleno de la propia vocación y misión. La santidad personal se
halla, en todo caso, proyectada hacia Dios y hacia los demás, y tiene, por
ello, un carácter esencialmente social: es santidad en la Iglesia,
orientada al bien de todos.
A la santidad de
la Iglesia debe, en consecuencia, corresponder la santidad en la
Iglesia: «Los seguidores de Cristo, llamados por Dios no según sus obras, sino
por designio y gracia de Él, y justificados en el Señor Jesús, han sido hechos
en el bautismo verdaderamente hijos de Dios y partícipes de la divina
naturaleza, y por lo mismo realmente santos; conviene, por consiguiente, que
esa santidad que recibieron sepan conservarla y perfeccionarla en su vida con
la ayuda de Dios»49. El bautizado está llamado a devenir con
toda su existencia aquello que ya es en razón de la consagración bautismal; lo
cual no acontece sin el asentimiento de su libertad y sin la ayuda de la gracia
que viene de Dios. Cuando esto sucede, se deja reconocer en la historia la
humanidad nueva según Dios: ¡nadie llega a ser él mismo con tanta plenitud como
el santo que acoge el designio divino y, con la ayuda de la gracia, conforma
todo su propio ser al proyecto del Altísimo! Los santos constituyen, en este
sentido, como luces suscitadas por el Señor en medio de su Iglesia para
iluminarla, son profecía para el mundo entero.
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