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3. La
necesidad de una renovación continua
Sin ofuscar
esta santidad, se debe reconocer que, a causa de la presencia del pecado, hay
necesidad de una renovación continua y de una conversión constante en el pueblo
de Dios; la Iglesia en la tierra está «adornada de una santidad verdadera» que
es, no obstante, «imperfecta»50. Observa San Agustín contra
los pelagianos: «La Iglesia en su conjunto dice: ¡perdona nuestras deudas! Ella
tiene, por tanto, manchas y arrugas. Pero, a través de la confesión, las
arrugas se estiran y las manchas quedan lavadas. La Iglesia se halla en oración
para ser purificada por la confesión y estar así mientras los hombres vivan
sobre la tierra»51. Santo Tomás de Aquino precisa que la
plenitud de la santidad pertenece al tiempo escatológico, mientras la Iglesia
peregrinante no debe engañarse, afirmando estar libre de pecado: «Que la
Iglesia sea gloriosa, sin mancha ni arruga, es la meta final hacia la que
tendemos en virtud de la pasión de Cristo. Esto se alcanzará, por tanto, sólo
en la patria eterna y no ya durante el peregrinaje; aquí [...] nos engañaríamos
si dijésemos no tener pecado alguno»52. En realidad, «aun
revestidos de la vestidura bautismal, no dejamos de pecar, de separarnos de
Dios. Ahora, con la petición “perdona nuestras deudas”, nos volvemos a Él, como
el hijo pródigo (cf. Lc 15,11-32) y nos reconocemos pecadores ante Él
como el publicano (cf. Lc 18,13). Nuestra petición empieza con una
“confesión” en la que afirmamos al mismo tiempo nuestra miseria y su
misericordia»53.
Es, por tanto,
la Iglesia entera la que, mediante la confesión del pecado de sus hijos,
confiesa su fe en Dios y celebra su infinita bondad y capacidad de perdón;
gracias al vínculo establecido por el Espíritu Santo, la comunión que existe
entre todos los bautizados en el tiempo y en el espacio es tal que en ella cada
uno es él mismo, pero al tiempo está condicionado por los otros y ejerce sobre
ellos un influjo en el intercambio vital de los bienes espirituales. De este
modo, la santidad de los unos influencia el crecimiento del bien en los otros,
pero también el pecado tiene una relevancia no exclusivamente personal, ya que
pesa y opone resistencia en el camino de la salvación de todos; en tal sentido,
afecta verdaderamente a la Iglesia en su integridad, a través de la variedad de
los tiempos y de los lugares. Esta convicción empuja a los Padres a
afirmaciones netas como la de San Ambrosio: «Estemos bien atentos a que nuestra
caída no se convierta en una herida de la Iglesia»54. Ella,
por tanto, «aun siendo santa por su incorporación a Cristo, no se cansa de
hacer penitencia: ella reconoce siempre como suyos, delante de Dios y delante
de los hombres, a los hijos pecadores»55, los de hoy, como
los de ayer.
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