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4. La
maternidad de la Iglesia
La convicción
de que la Iglesia pueda hacerse cargo del pecado de sus hijos, en razón de la
solidaridad existente entre ellos en el tiempo y en el espacio, gracias a su
incorporación a Cristo y a la obra del Espíritu Santo, está expresada de modo
particularmente eficaz por la idea de la «Iglesia Madre» (Mater Ecclesia),
que «en la concepción protopatrística es el concepto central de toda la
aspiración cristiana»56; la Iglesia, afirma el Vaticano II,
«también es hecha Madre por la Palabra de Dios fielmente recibida; en efecto,
por la predicación y el bautismo engendra para la vida nueva e inmortal a los
hijos concebidos por el Espíritu Santo y nacidos de Dios»57.
A la amplísima tradición, de la que estas ideas son el eco, da voz, por
ejemplo, Agustín con estas palabras: «Esta madre santa, digna de veneración, la
Iglesia, es igual a María: ella da a luz y es virgen, de ella habéis nacido,
ella engendra a Cristo, porque vosotros sois los miembros de Cristo»58.
Cipriano de Cartago afirma con nitidez: «No puede tener a Dios por padre quien
no tiene a la Iglesia como madre»59. Y Paulino de Nola canta
así la maternidad de la Iglesia: «En cuanto madre recibe el semen de la Palabra
eterna, lleva a los pueblos en su seno y los da a luz»60.
Según esta
visión, la Iglesia se realiza continuamente en el intercambio y en la
comunicación del Espíritu del uno al otro de los creyentes, como ambiente
generador de fe y de santidad en la comunión fraterna, en la unanimidad orante,
en la participación solidaria en la Cruz, en el testimonio común. En razón de
esta comunicación vital, cada bautizado puede ser considerado al mismo tiempo
hijo de la Iglesia, en cuanto engendrado en ella a la vida divina, e Iglesia
Madre, en cuanto que coopera con su fe y caridad a engendrar nuevos hijos para
Dios; es, en efecto, tanto más Iglesia Madre cuanto mayor es su santidad y más
ardiente el esfuerzo por comunicar a los otros el don recibido. Por otra parte,
no deja de ser hijo de la Iglesia el bautizado que, a causa del pecado, se
separase de ella con el corazón; él podrá acceder siempre de nuevo a las
fuentes de la gracia y remover el peso que su culpa hace gravar sobre la entera
comunidad de la Iglesia Madre. Ésta, a su vez, en cuanto Madre verdadera, no
podrá no quedar herida por el pecado de sus hijos de hoy y de los de ayer,
continuando amándolos siempre, hasta el punto de hacerse cargo en todo tiempo
del peso producido por sus culpas; en cuanto tal, la Iglesia aparece a los
Padres como Madre de dolores, no sólo a causa de las persecuciones externas,
sino sobre todo por las traiciones, los fallos, las lentitudes y las
contaminaciones de sus hijos.
La santidad y
el pecado en la Iglesia se reflejan, por tanto, en sus efectos sobre la
Iglesia entera, si bien es convicción de fe que la santidad es más fuerte que
el pecado en cuanto fruto de la gracia divina: ¡son su prueba luminosa las
figuras de los santos, reconocidos como modelo y ayuda para todos! Entre la
gracia y el pecado no hay un paralelismo, ni siquiera una especie de simetría o
de relación dialéctica; ¡el influjo del mal no podrá vencer jamás la fuerza de
la gracia y la irradiación del bien, incluso el más escondido! En este sentido,
la Iglesia se reconoce existencialmente santa en sus santos; pero, mientras se
alegra de esta santidad y advierte su beneficio, se confiesa no obstante
pecadora, no en cuanto sujeto del pecado, sino en cuanto asume con solidaridad
materna el peso de las culpas de sus hijos, para cooperar a su superación por
el camino de la penitencia y de la novedad de vida. Por ello, la Iglesia santa
advierte el deber de «lamentar profundamente las debilidades de tantos hijos
suyos, que han desfigurado su rostro, impidiéndole reflejar plenamente la
imagen de su Señor crucificado, testigo insuperable del amor paciente y de la
humilde mansedumbre»61.
Esto puede hacerse de modo particular por quien, por
carisma y ministerio, expresa en la forma más densa la comunión del pueblo de
Dios: en nombre de las iglesias locales podrán dar voz a las eventuales
confesiones de culpa y peticiones de perdón los pastores respectivos; en nombre
de la Iglesia entera, una en el tiempo y en el espacio, podrá pronunciarse
aquel que ejerce el ministerio universal de unidad, el Obispo de la Iglesia
«que preside en el amor»62, el Papa. He aquí por qué es
particularmente significativo que haya venido propiamente de él la invitación a
que «la Iglesia asuma con una conciencia más viva el pecado de sus
hijos» y reconozca la necesidad de «hacer enmienda, invocando con fuerza el
perdón de Cristo»63.
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