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IV JUICIO HISTÓRICO Y JUICIO TEOLÓGICO
La
identificación de las culpas del pasado de las que enmendarse implica, ante
todo, un correcto juicio histórico, que sea también en su raíz una valoración
teológica. Es necesario preguntarse: ¿qué es lo que realmente ha sucedido?,
¿qué es exactamente lo que se ha dicho y hecho? Solamente cuando se ha ofrecido
una respuesta adecuada a estos interrogantes, como fruto de un juicio histórico
riguroso, podrá preguntarse si eso que ha sucedido, que se ha dicho o
realizado, puede ser interpretado como conforme o disconforme con el Evangelio,
y, en este último caso, si los hijos de la Iglesia que han actuado de tal modo
habrían podido darse cuenta a partir del contexto en el que estaban actuando.
Solamente cuando se llega a la certeza moral de que cuanto se ha hecho contra
el Evangelio por algunos de los hijos de la Iglesia y en su nombre habría
podido ser comprendido por ellos como tal, y en consecuencia evitado, puede
tener sentido para la Iglesia de hoy hacer enmienda de culpas del pasado.
La relación
entre «juicio histórico» y «juicio teológico» resulta, por tanto, compleja en
la misma medida en que es necesaria y determinante. Se requiere, por ello,
ponerla por obra evitando los desvaríos en un sentido y en otro: hay que evitar
tanto una apologética que pretenda justificarlo todo, como una culpabilización
indebida que se base en la atribución de responsabilidades insostenibles desde
el punto de vista histórico. Juan Pablo II ha afirmado respecto a la valoración
histórico-teológica de la actuación de la Inquisición: «El Magisterio eclesial
no puede evidentemente proponerse la realización de un acto de naturaleza
ética, como es la petición de perdón, sin haberse informado previamente de un
modo exacto acerca de la situación de aquel tiempo. Ni siquiera puede tampoco
apoyarse en las imágenes del pasado transmitidas por la opinión pública, pues
se encuentran a menudo sobrecargadas por una emotividad pasional que impide una
diagnosis serena y objetiva... Ésa es la razón por la que el primer paso debe
consistir en interrogar a los historiadores, a los cuales no se les pide un
juicio de naturaleza ética, que rebasaría el ámbito de sus competencias, sino
que ofrezcan su ayuda para la reconstrucción más precisa posible de los
acontecimientos, de las costumbres, de las mentalidades de entonces, a la luz
del contexto histórico de la época»64.
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