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2. Indagación
histórica y valoración teológica
Si estas
operaciones están presentes en todo acto hermenéutico, no pueden faltar tampoco
en la interpretación en que se integran juicio histórico y juicio teológico;
ello exige, en primer lugar, que en este tipo de interpretación se preste la
máxima atención a los elementos de diferenciación y extrañeza entre presente y
pasado. En particular, cuando se pretende juzgar posibles culpas del pasado,
hay que tener presente que son diversos los tiempos históricos y son diversos
los tiempos sociológicos y culturales de la acción eclesial, por lo cual,
paradigmas y juicios propios de una sociedad y de una época podrían ser
aplicados erróneamente en la valoración de otras fases de la historia, dando
origen a no pocos equívocos; son diversas las personas, las instituciones y sus
respectivas competencias; son diversos los modos de pensar y los
condicionamientos. Hay que precisar, por tanto, las responsabilidades de los
acontecimientos y de las palabras dichas, teniendo en cuanta el hecho de que
una petición eclesial de perdón compromete al mismo sujeto teológico, la
Iglesia, en la variedad de los modos y del grado en que los individuos
singulares representan a la comunidad eclesial y en la diversidad de las
situaciones históricas y geográficas, con frecuencia muy diferentes entre sí.
Cualquier tipo de generalización debe ser evitada. Cualquier posible
pronunciamiento en la actualidad debe quedar situado y debe ser producido por
los sujetos más directamente encausados (Iglesia universal, Episcopados
nacionales, Iglesias particulares etcétera).
En segundo
lugar, la correlación de juicio histórico y juicio teológico debe tener en
cuenta el hecho de que, para la interpretación de la fe, la conexión entre
pasado y presente no está motivada solamente por los intereses actuales y por
la común pertenencia de todo ser humano a la historia y a sus mediaciones
expresivas, sino que se fundamenta también en la acción unificante del Espíritu
de Dios y en la identidad permanente del principio constitutivo de la comunión
de los creyentes, que es la revelación. La Iglesia, por razón de la comunión
producida en ella por el Espíritu de Cristo en el tiempo y en el espacio, no
puede dejar de reconocerse en su principio sobrenatural, presente y operante en
todos los tiempos, como sujeto en cierto modo único, llamado a corresponder al
don de Dios en formas y situaciones diversas por medio de las opciones de sus
hijos, aun con todas las carencias que puedan haberlas caracterizado. La
comunión en el único Espíritu Santo es el fundamento también diacrónico de una
comunión de los «santos», en virtud de la cual los bautizados de hoy se sienten
vinculados a los bautizados de ayer y, así como se benefician de sus méritos y
se nutren de su testimonio de santidad, igualmente se sienten en el deber de
asumir el posible peso actual de sus culpas, tras haber hecho un discernimiento
atento tanto desde el punto de vista histórico como teológico.
Gracias a este
fundamento objetivo y trascendente de la comunión del pueblo de Dios en sus
varias situaciones históricas, la interpretación creyente reconoce al pasado de
la Iglesia un significado totalmente peculiar para el momento presente: el
encuentro con ese pasado, que se produce en el acto de la interpretación, puede
revelarse cargado de particulares valencias para el presente, rico en una
eficacia performativa que no siempre puede calcularse de modo previo.
Obviamente, el carácter fuertemente unitario del horizonte hermenéutico y del
sujeto eclesial interpretante deja más fácilmente expuesta la consideración
teológica al riesgo de ceder a lecturas apologéticas o instrumentales; es aquí
donde el ejercicio hermenéutico dirigido a aprehender los sucesos y las
palabras del pasado y a medir la corrección de su interpretación para el
presente se hace más necesario. La lectura creyente se servirá con tal objetivo
de todas las aportaciones que puedan ofrecer las ciencias históricas y los
métodos de interpretación. El ejercicio de la hermenéutica histórica no deberá
impedir a la valoración de la fe la interpelación de los textos según su
peculiaridad, haciendo, por tanto, que puedan interactuar presente y pasado en
la conciencia de la unidad fundamental del sujeto eclesial implicado en ellos.
Esto pone en guardia frente a todo historicismo que relativice el peso de las
culpas pasadas y que considere que la historia es capaz de justificarlo todo.
Como observa Juan Pablo II, «un correcto juicio histórico no puede prescindir
de un atento estudio de los condicionamientos culturales del momento... Pero la
consideración de las circunstancias atenuantes no dispensa a la Iglesia del
deber de lamentar profundamente las debilidades de tantos hijos suyos»67.
La Iglesia, en resumen, «no tiene miedo a la verdad que emerge de la historia y
está dispuesta a reconocer equivocaciones allí donde se han verificado, sobre
todo cuando se trata del respeto debido a las personas y a las comunidades.
Pero es propensa a desconfiar de los juicios generalizados de absolución o de
condena respecto a las diversas épocas históricas. Confía la investigación
sobre el pasado a la paciente y honesta reconstrucción científica, libre de
prejuicios de tipo confesional o ideológico, tanto por lo que respecta a las
atribuciones de culpa que se le hacen como respecto a los daños que ella ha
padecido»68. Los ejemplos ofrecidos en el capítulo siguiente
lo podrán demostrar de modo concreto.
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