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2. La
división de los cristianos
La unidad es la
ley de la vida del Dios trinitario revelado al mundo por el Hijo (cf. Jn
17,21), el cual, en la fuerza del Espíritu Santo, amando hasta el extremo (Jn
13,1), hace participar de esta vida a los suyos. Esta unidad deberá ser la
fuente y la forma de la comunión de vida de la humanidad con el Dios trino. Si
los cristianos viven esta ley de amor mutuo, de modo que sean uno «como el
Padre y el Hijo son uno», se conseguirá que «el mundo crea que el Hijo ha sido
enviado por el Padre» (Jn 17,21) y que «todos sepan que ellos son mis
discípulos» (Jn 13,35). Desgraciadamente no ha sucedido así,
particularmente en este milenio que llega a su fin, en el cual han aparecido
entre los cristianos grandes divisiones, en abierta contradicción con la
voluntad expresa de Cristo, como si Él mismo hubiese sido dividido (cf. 1
Cor 1,13). El Concilio Vaticano II juzga este hecho con las siguientes
palabras: «Tal división contradice abiertamente la voluntad de Cristo, es un
escándalo para el mundo y daña a la santísima causa de la predicación del
Evangelio a toda criatura»70.
Las principales escisiones que durante el pasado milenio «han afectado a la
túnica inconsútil de Cristo»71 son el cisma entre las
Iglesias de Oriente y de Occidente al comienzo de este milenio y, en Occidente,
cuatro siglos más tarde, la laceración causada por aquellos acontecimientos
«que reciben comúnmente el nombre de Reforma»72. Es verdad
que «estas diversas divisiones difieren mucho entre sí, no sólo por razón de su
origen, lugar y tiempo, sino, sobre todo, por la naturaleza y gravedad de las
cuestiones relativas a la fe y a la estructura eclesiástica»73.
En el cisma del siglo XI
jugaron un papel importante factores de carácter social e histórico, mientras
que el aspecto doctrinal se refería a la autoridad de la Iglesia y al Obispo de
Roma, una materia que en aquel momento no había alcanzado la claridad con la
que se presenta hoy gracias al desarrollo doctrinal de este milenio. Con la
Reforma, por el contrario, fueron objeto de controversia otros campos de la
revelación y de la doctrina.
La vía que se
ha abierto para superar estas diferencias es la del diálogo doctrinal animado
por el amor mutuo. Común a ambas laceraciones parece haber sido la falta de
amor sobrenatural, de agape. Desde el momento en que esta caridad es el mandamiento
supremo del Evangelio, sin el cual todo lo demás es solamente «bronce que
resuena o címbalo que retiñe» (1 Cor 13,1), una carencia semejante ha de
ser considerada con toda seriedad delante del Resucitado, Señor de la Iglesia y
de la historia. Basándose en el reconocimiento de esta carencia, el papa Pablo
VI ha pedido perdón a Dios y a los «hermanos separados» que se sintiesen
ofendidos «por nosotros» (la Iglesia católica)74.
En 1965, en el
clima producido por el Concilio Vaticano II, el patriarca Atenágoras en su
diálogo con Pablo VI puso de relieve el tema de la restauración (apokatastasis)
del amor mutuo, esencial después de una historia tan cargada de
contraposiciones, de desconfianza recíproca y de antagonismos75.
Lo que estaba en juego era un pasado que aún ejercía su influencia a través de
la memoria: los acontecimientos de 1965 (culminados el 7 de diciembre de 1965
con la supresión de los anatemas de 1054 entre Oriente y Occidente) representan
una confesión de la culpa contenida en la precedente exclusión recíproca, capaz
de purificar la memoria y de generar una nueva. El fundamento de esta nueva
memoria no puede ser más que el amor recíproco o, mejor, el compromiso renovado
para vivirlo. Éste es el mandamiento ante omnia (1 Pe 4,8) para
la Iglesia, en Oriente como en Occidente. De este modo la memoria libera de la
prisión del pasado e invita a católicos y a ortodoxos, como también a católicos
y protestantes, a ser los arquitectos de un futuro más conforme al mandamiento
nuevo. En este sentido resulta ejemplar el testimonio que han prestado a esta
nueva memoria el papa Pablo VI y el patriarca Atenágoras.
Particularmente
relevante en relación con el camino hacia la unidad puede resultar la tentación
a dejarse guiar, o hasta determinar, por factores culturales, por
condicionamientos históricos o por prejuicios que alimentan la separación y la
desconfianza recíproca entre cristianos, aunque nada tengan que ver con las
cuestiones de fe. Los hijos de la Iglesia deben examinar su conciencia con
seriedad para ver si están activamente comprometidos en la obediencia al
imperativo de la unidad y viven la «conversión interior», «porque los deseos de
unidad brotan y maduran como fruto de la renovación de la mente, de la
abnegación de sí mismo y de una efusión libérrima de la caridad»76.
En el período transcurrido desde la conclusión del Concilio hasta hoy la
resistencia a su mensaje ciertamente ha entristecido al Espíritu de Dios (Ef
4,30). En la medida en que algunos católicos se complacen en permanecer ligados
a las separaciones del pasado, sin hacer nada por remover los obstáculos que
impiden la unidad, se podría hablar justamente de solidaridad en el pecado de
la división (1 Cor 1,10-16). En tal contexto pueden recordarse las palabras
del Decreto sobre el Ecumenismo: «Humildemente pedimos perdón a Dios y a los
hermanos separados, así como nosotros perdonamos a quienes nos hayan
ofendido»77.
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