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3. El uso
de la violencia al servicio de la verdad
Al antitestimonio
de la división entre los cristianos hay que añadir el de las ocasiones en que
durante el pasado milenio se han utilizado medios dudosos para conseguir fines
buenos, como la predicación del Evangelio y la defensa de la unidad de la fe:
«Otro capítulo doloroso sobre el que los hijos de la Iglesia deben volver con
ánimo abierto al arrepentimiento está constituido por la aquiescencia
manifestada, especialmente en algunos siglos, con métodos de intolerancia y
hasta de violencia en el servicio a la verdad»78. Se
refiere con ello a las formas de evangelización que han empleado instrumentos
impropios para anunciar la verdad revelada o no han realizado un discernimiento
evangélico adecuado a los valores culturales de los pueblos o no han respetado
las conciencias de las personas a las que se presentaba la fe, e igualmente a
las formas de violencia ejercidas en la represión y corrección de los errores.
Una atención
análoga hay que prestar a las posibles omisiones de que se hayan hecho
responsables los hijos de la Iglesia, en las más diversas situaciones de la
historia, respecto a la denuncia de injusticias y de violencias: «Está también
la falta de discernimiento de no pocos cristianos respecto a situaciones de
violación de los derechos humanos fundamentales. La petición de perdón vale por
todo aquello que se ha omitido o callado a causa de la debilidad o de una
valoración equivocada, por lo que se ha hecho o dicho de modo indeciso o poco
idóneo»79.
Como siempre,
resulta decisivo establecer la verdad histórica mediante la investigación
histórico-crítica. Una vez establecidos los hechos, será necesario evaluar su
valor espiritual y moral e igualmente su significado objetivo. Solamente así
será posible evitar cualquier tipo de memoria mítica y acceder a una adecuada
memoria crítica, capaz, a la luz de la fe, de producir frutos de conversión y
de renovación: «De aquellos rasgos dolorosos del pasado emerge una lección para
el futuro, que debe empujar a todo cristiano a afianzarse en el principio áureo
fijado por el Concilio: “La verdad no se impone más que por la fuerza de la
verdad misma, que penetra en las mentes de modo suave y a la vez con
vigor”»80.
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