|
1. Las
finalidades pastorales
Entre las
múltiples finalidades pastorales del reconocimiento de las culpas del pasado se
pueden poner de manifiesto las siguientes:
a) En primer lugar, estos actos tienden a la purificación de la
memoria, que, como se ha dicho, es el proceso de una valoración renovada
del pasado, capaz de incidir en no pequeña medida en el presente, ya que los
pecados pasados hacen sentir todavía su peso y permanecen como posibles
tentaciones también en la actualidad. Sobre todo si ha madurado en el diálogo y
en la búsqueda paciente de reciprocidad con quien pudiera sentirse ofendido por
sucesos o palabras del pasado, la remoción de la memoria personal y común de
cualquier causa de posible resentimiento por el mal padecido, y de todo influjo
negativo de aquel hecho del pasado, puede contribuir a hacer crecer la
comunidad eclesial en la santidad, por medio de la reconciliación y de la paz
en la obediencia a la Verdad. «Reconocer los fracasos de ayer, subraya el Papa,
es acto de lealtad y de valentía que nos ayuda a reforzar nuestra fe,
haciéndonos capaces y dispuestos para afrontar las tentaciones y las
dificultades de hoy»91. Es bueno para tal fin que la memoria
de la culpa incluya todas las posibles faltas cometidas, aunque solamente
algunas de ellas sean hoy mencionadas de modo frecuente. En cualquier caso,
nunca se puede olvidar el precio que tantos cristianos han pagado por su
fidelidad al Evangelio y al servicio del prójimo en la caridad92.
b) Una segunda finalidad pastoral, estrictamente unida a la anterior,
puede ser reconocida en la promoción de la perenne reforma del pueblo de
Dios, «de modo que si algunas cosas, sea en las costumbres o en la
disciplina eclesiástica, y asimismo en el modo de exponer la doctrina, lo cual
debe ser cuidadosamente distinguido del depósito mismo de la fe, han sido
observadas de modo menos cuidadoso, según las circunstancias de hecho o de
tiempo, sean oportunamente colocadas en el orden justo y debido»93.
Todos los bautizados están llamados a «examinar su fidelidad a la voluntad de
Cristo acerca de la Iglesia y, como es su obligación, a emprender con vigor la
obra de renovación y de reforma»94. El criterio de la verdadera
reforma y de la auténtica renovación no puede ser más que la fidelidad a la
voluntad de Dios respecto a su pueblo95, lo que implica un
esfuerzo sincero para liberarse de todo lo que aleja de ella, ya se trate de
culpas presentes o se refiera a la herencia del pasado.
c) Una finalidad ulterior puede verse en el testimonio que de
este modo rinde la Iglesia al Dios de la misericordia y a su voluntad que libera
y salva, a partir de la experiencia que ella ha hecho y hace de Él en la
historia, y en el servicio que de este modo desarrolla en relación con
la humanidad, para contribuir a superar los males del presente. Juan Pablo II
afirma que «un serio examen de conciencia ha sido auspiciado por numerosos
cardenales y obispos sobre todo para la Iglesia del presente. A las
puertas del nuevo milenio, los cristianos deben ponerse humildemente ante el
Señor para interrogarse sobre las responsabilidades que también ellos tienen
en relación con los males de nuestro tiempo»96 y para
contribuir, en consecuencia, a su superación en la obediencia al esplendor de
la Verdad salvífica.
|