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3. Las
implicaciones en el plano del diálogo y de la misión
Las
implicaciones previsibles en el plano del diálogo y de la misión, como
consecuencia de un reconocimiento eclesial de las culpas del pasado, son
diversas:
a) En el plano misionero hay que evitar, ante todo, que tales
actos contribuyan a disminuir el impulso de la evangelización mediante la
exasperación de los aspectos negativos. No obstante, se debe tener en cuenta el
hecho de que estos mismos actos podrán hacer crecer la credibilidad del
mensaje, en cuanto nacen de la obediencia a la verdad y tienden a frutos
efectivos de reconciliación. En particular, los misioneros ad gentes
tendrán cuidado en contextualizar la propuesta de estos temas de modo conforme
a la efectiva capacidad de recepción en los ambientes en que actúan (por
ejemplo, determinados aspectos de la historia de la Iglesia en Europa podrán
resultar poco significativos para muchos pueblos no europeos).
b) En el plano ecuménico, la finalidad de posibles actos
eclesiales de arrepentimiento no puede ser otra que la unidad querida por el
Señor. En esta perspectiva es aún más de desear que sean realizados en
reciprocidad, aun cuando a veces gestos proféticos podrán exigir una iniciativa
unilateral y absolutamente gratuita.
c) En el plano interreligioso es oportuno poner de relieve cómo
para los creyentes en Cristo el reconocimiento de las culpas pasadas por parte de
la Iglesia es conforme a las exigencias de la fidelidad al Evangelio y, por
tanto, constituye un luminoso testimonio de su fe en la verdad y en la
misericordia del Dios revelado por Jesús. Lo que hay que evitar es que actos
semejantes sean interpretados equivocadamente como confirmaciones de posibles
prejuicios respecto al cristianismo. Sería deseable, por otra parte, que estos
actos de arrepentimiento estimulasen también a los fieles de otras religiones a
reconocer las culpas de su propio pasado. Como la historia de la humanidad está
llena de violencias, genocidios, violaciones de los derechos humanos y de los
derechos de los pueblos, explotación de los débiles y divinización de los
poderosos, del mismo modo la historia de las religiones está revestida de
intolerancia, superstición, connivencia con poderes injustos y negación de la
dignidad y libertad de las conciencias. ¡Los cristianos no han sido una
excepción y son conscientes de cuán pecadores son todos ante Dios!
d) En el diálogo con las culturas se debe tener presente, ante
todo, la complejidad y la pluralidad de las mentalidades con que se dialoga,
respecto a la idea de arrepentimiento y de perdón. En todos los casos, el hecho
de cargar por parte de la Iglesia con las culpas pasadas debe ser iluminado a
la luz del mensaje evangélico y, en particular, de la presentación del Señor
crucificado, revelación de la misericordia y fuente de perdón, además de la
peculiar naturaleza de la comunión eclesial, una en el tiempo y en el espacio.
Allí donde una cultura fuese totalmente ajena a la idea de una petición de
perdón, deben ser presentadas de modo oportuno las razones teológicas y
espirituales que motivan este acto a partir del mensaje cristiano y debe ser
tenido en cuenta su carácter crítico-profético. Donde haya que confrontarse con
el prejuicio de una actitud de indiferencia hacia la palabra de la fe, se debe
tener en cuenta un doble posible efecto de estos actos de arrepentimiento
eclesial: si, por una parte, pueden confirmar prejuicios negativos o actitudes
de desprecio y de hostilidad, de otra parte participan de la misteriosa
atracción característica del «Dios crucificado»97. Además
hay que tener en cuenta el hecho de que, en el actual contexto cultural, sobre
todo en Occidente, la invitación a la purificación de la memoria implica un
compromiso común a creyentes y no creyentes. Ya este trabajo común constituye
un testimonio positivo de docilidad a la verdad.
e) Con relación a la sociedad civil se debe considerar la diferencia
que existe entre la Iglesia, misterio de gracia, y cualquier sociedad temporal,
pero tampoco se debe olvidar el carácter de ejemplaridad que la petición
eclesial de perdón puede presentar y el estímulo consiguiente que puede ofrecer
de cara a realizar pasos análogos de purificación de la memoria y de
reconciliación en las más diversas situaciones en las que se podría reconocer
su urgencia. Afirma Juan Pablo II: «La petición de perdón [...] se refiere, en
primer lugar, a la vida de la Iglesia, su misión de anunciar la salvación, su
testimonio de Cristo, su compromiso por la unidad, en una palabra, la
coherencia que debe caracterizar la existencia cristiana. Pero la luz y la
fuerza del Evangelio, de que vive la Iglesia, tienen la capacidad de iluminar y
sostener, como por sobreabundancia, las opciones y las acciones de la sociedad
civil, en el pleno respeto de su autonomía [...] En los umbrales del tercer
milenio es legítimo esperar que los responsables políticos y los pueblos, sobre
todo los que se encuentran inmersos en conflictos dramáticos, alimentados por
el odio y por el recuerdo de heridas muchas veces antiguas, se dejen guiar por
el espíritu de perdón y de reconciliación testimoniado por la Iglesia y se
esfuercen por resolver los contrastes mediante un diálogo leal y
abierto»98.
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