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INTRODUCCIÓN
La Bula de
convocatoria del Año Santo del 2000 Incarnationis mysterium (29 de
noviembre de 1998) indica, entre los signos «que oportunamente pueden servir
para vivir con mayor intensidad la insigne gracia del jubileo», la purificación
de la memoria. Ésta consiste en el proceso orientado a liberar la
conciencia personal y común de todas las formas de resentimiento o
de violencia que la herencia de culpas del pasado puede habernos dejado,
mediante una valoración renovada, histórica y teológica, de los acontecimientos
implicados, que conduzca, si resultara justo, a un reconocimiento correspondiente
de la culpa y contribuya a un camino real de reconciliación. Un proceso
semejante puede incidir de manera significativa sobre el presente, precisamente
porque las culpas pasadas dejan sentir a menudo todavía el peso de sus consecuencias
y permanecen como otras tantas tentaciones también hoy día.
En cuanto tal, la purificación de la memoria requiere «un acto de coraje y de
humildad en el reconocimiento de las deficiencias realizadas por cuantos han
llevado y llevan el nombre de cristianos» y se basa sobre la convicción de que
«por aquel vínculo que, en el Cuerpo místico, nos une los unos a los otros,
todos nosotros llevamos el peso de los errores y de las culpas de quienes nos
han precedido, aun no teniendo responsabilidad personal y sin pretender
sustituir aquí al juicio de Dios». Juan Pablo II añade: «Como sucesor de
Pedro pido que en este año de misericordia la Iglesia, fuerte por la santidad
que recibe de su Señor, se ponga de rodillas ante Dios e implore el perdón por
los pecados pasados y presentes de sus hijos»1. Al reafirmar
después que «los cristianos están invitados a asumir, ante Dios y ante los
hombres ofendidos por sus comportamientos, las deficiencias por ellos
cometidas», el Papa concluye: «Lo hacemos sin pedir nada a cambio, fuertes sólo
por el amor de Dios, que ha sido derramado en nuestros corazones (Rom
5,5)»2.
Las peticiones de perdón hechas por el Obispo de Roma en este espíritu de
autenticidad y de gratuidad han suscitado reacciones diversas. La confianza
incondicional que el Papa ha demostrado tener en la fuerza de la Verdad ha
encontrado una acogida generalmente favorable, en el interior y en el exterior
de la comunidad eclesial. No pocos han subrayado el incremento de credibilidad
de los pronunciamientos eclesiales, consiguiente a estos comportamientos. No
han faltado, sin embargo, algunas reservas, expresión sobre todo del malestar
unido a contextos históricos y culturales particulares, en los que la simple
admisión de culpas cometidas por los hijos de la Iglesia puede asumir el
significado de una cesión ante las acusaciones de quien es, por prejuicios,
hostil a ella. Entre consenso y malestar se advierte la necesidad de una
reflexión que esclarezca las razones, las condiciones y la exacta configuración
de las peticiones de perdón relativas a las culpas del pasado.
De esta necesidad ha intentado hacerse cargo, elaborando el presente texto, la
Comisión Teológica Internacional, en la que están representadas culturas y
sensibilidades diversas en el interior de la única fe católica. En el texto se
ofrece una reflexión teológica sobre las condiciones de posibilidad de los
actos de purificación de la memoria, unidos al reconocimiento de las
culpas del pasado. Las preguntas a las que se intenta responder son: ¿por qué
llevar a cabo tales actos?, ¿quiénes son los sujetos adecuados?, ¿cuál es su
objeto y cómo determinarlo, conjugando correctamente juicio histórico y juicio
teológico?, ¿quiénes son los destinatarios?, ¿cuáles las implicaciones
morales?, ¿cuáles los efectos posibles sobre la vida de la Iglesia y sobre la
sociedad? La finalidad del texto no es, por tanto, someter a examen casos
históricos particulares, sino esclarecer los presupuestos que hagan fundado el
arrepentimiento relativo a las culpas pasadas.
Haber precisado desde el comienzo el género de la reflexión aquí presentada
esclarece también a qué se hace referencia cuando en ella se habla de la
Iglesia: no se trata ni de la sola institución histórica, ni de la sola
comunión espiritual de los corazones iluminados por la fe. Por Iglesia se
entenderá siempre la comunidad de los bautizados, inseparablemente visible y
operante en la historia bajo la guía de los pastores y unificada en la
profundidad de su misterio por la acción del Espíritu vivificante: aquella
Iglesia que, según las palabras del Concilio Vaticano II, «por una analogía no
mediocre se asemeja al misterio del Verbo encarnado. Pues así como la
naturaleza asumida sirve al Verbo divino como órgano de salvación unido a Él
indisolublemente, de forma no desemejante el organismo social de la Iglesia
está al servicio del Espíritu de Cristo, que lo vivifica, para el incremento
del cuerpo (cf. Ef 4,16)»3. Esta Iglesia, que abraza
a sus hijos del pasado y del presente en una comunión real y profunda, es la
única madre en la gracia, que asume sobre sí el peso de las culpas también
pasadas, para purificar la memoria y vivir la renovación del corazón y de la
vida según la voluntad del Señor. Ella puede hacerlo en cuanto que Cristo
Jesús, de quien es el Cuerpo místicamente prolongado en la historia, ha asumido
sobre sí de una vez para siempre los pecados del mundo.
La estructura del texto refleja las preguntas planteadas: parte de un breve
reexamen histórico del tema (cap. 1), para poder indagar después el fundamento
bíblico (cap. 2) y profundizar en las condiciones teológicas de las peticiones
de perdón (cap. 3). La conjugación precisa de juicio histórico y de juicio
teológico es elemento decisivo para llegar a pronunciamientos correctos y
eficaces, que tengan en cuenta adecuadamente los tiempos, los lugares y los
contextos en los que se sitúan los actos considerados (cap. 4). A las
implicaciones morales (cap. 5), pastorales y misioneras (cap. 6) de estos actos
de arrepentimiento relativos a las culpas del pasado están dedicadas las
consideraciones finales, que naturalmente tienen un valor específico para la
Iglesia católica. No obstante, en el convencimiento de que la exigencia de
reconocer las propias culpas tiene razón de ser para todos los pueblos y para
todas las religiones, se formula el deseo de que las reflexiones propuestas
puedan ayudar a todos para avanzar en un camino de verdad, de diálogo fraterno
y de reconciliación.
Y, como conclusión de esta introducción, no será inútil recordar la finalidad
última de todo posible acto de purificación de la memoria, llevado a
cabo por creyentes, pues ha inspirado también el trabajo de la Comisión: se
trata de la glorificación de Dios, ya que vivir la obediencia a la Verdad
divina y a sus exigencias conduce a confesar conjuntamente con nuestras culpas
la misericordia y la justicia eterna del Señor. La confessio peccati,
sostenida e iluminada por la fe en la Verdad que libera y salva (confessio
fidei), se convierte en confessio laudis dirigida a Dios, en cuya
sola presencia es posible reconocer las culpas del pasado y las del presente,
para dejarse reconciliar por Él y con Él en Jesucristo, único Salvador del
mundo, y hacerse capaces de ofrecer el perdón a cuantos nos hubieran ofendido.
Este ofrecimiento de perdón aparece particularmente significativo si se piensa
en tantas persecuciones como los cristianos han sufrido a lo largo de la
historia. En esta perspectiva, los actos llevados a cabo y requeridos por el
Papa respecto a las culpas del pasado, representan un valor ejemplar y
profético, tanto para las religiones, cuanto para los gobiernos y las naciones,
como para la Iglesia católica, que podrá verse así ayudada a vivir de manera
más eficaz el gran Jubileo de la encarnación como acontecimiento de gracia y de
reconciliación para todos.
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