PRIMERA PARTE
UN APOSTOL SIEMPRE ACTUAL
I. EL
CATEQUISTA PARA UNA IGLESIA MISIONERA
2.
Vocación e identidad. En la Iglesia, el Espíritu Santo llama por
su nombre a cada bautizado a dar su aportación al advenimiento del Reino
de Dios. En el estado laical se dan varias vocaciones, es decir,
distintos caminos espirituales y apostólicos en los que están
involucrados cada uno de los fieles y los grupos. En el cauce de una
vocación laical común florecen vocaciones laicales particulares.
Fundamento de
la personalidad del catequista, además de los sacramentos del Bautismo y
de la Confirmación, es, pues, un llamamiento específico del
Espíritu, es decir, un "carisma particular reconocido por la
Iglesia" hecho explícito por el mandato del Obispo. Es
importante que el candidato a catequista capte el sentido sobrenatural y
eclesial de ese llamamiento, para que pueda responder con coherencia y
decisión como el Verbo eterno: "He aquí que vengo"
(Hb 10,7), o como el profeta: "Heme aquí,
envíame" (Is 6,8).
En la realidad
misionera, la vocación del catequista es específica, es
decir, reservada a la catequesis, y general, para colaborar en los
servicios apostólicos que sirven para la edificación de la
Iglesia y para su crecimiento.
La CEP insiste
sobre el valor y sobre la especificidad de la vocación del catequista;
de ahí el empeño que debe tener cada uno en descubrir, discernir
y cultivar la propia vocación.
Por tanto, el
catequista que trabaja en los territorios de misión tiene una identidad
propia que lo distingue del catequista que desempeña sus funciones en
las Iglesias de antigua fundación, como lo enseñan el mismo
Magisterio y la legislación de la Iglesia.
Sintetizando,
el catequista en los territorios de misión está caracterizado por
cuatro elementos comunes y específicos: un llamamiento del
Espíritu; una misión eclesial; una cooperación al mandato
apostólico del Obispo; una conexión especial con la realización
de la actividad misionera ad Gentes.
|