4.
Categorías y funciones. Los catequistas en los territorios de
misión se distinguen no solo de los catequistas que actúan en las
Iglesias de antigua tradición, sino que se presentan con características
y modalidades de acción muy diversificadas de una experiencia eclesial a
otra, por lo que resulta difícil hacer una descripción unitaria y
sintética.
En el plan
práctico, es útil tener presente que se puede hablar de dos
categorías de catequistas: los de tiempo pleno, que dedican toda
su vida a este servicio, y, en cuanto tales, son reconocidos oficialmente: y los
de tiempo parcial, que ofrecen una colaboración limitada, pero
siempre preciosa. La proporción entre estas dos categorías
varía de zona a zona, aunque la línea de tendencia muestra que
los catequistas de tiempo parcial son mucho más numerosos.
A la dos
categorías están confiadas bastantes tareas o funciones. Y
precisamente en este aspecto se dan las mayores y más numerosas
diversificaciones. Consideramos objetivo el siguiente prospecto global, y puede
ayudar a comprender la situación actual en las Iglesias que dependen de
la CEP:
- Los
catequistas que tienen la función específica de la catequesis,
a los que se confían en general estas actividades: la educación
en la fe de jóvenes y adultos; la preparación para recibir los
sacramentos de la iniciación cristiana, tanto de los candidatos, como de
sus familias; la colaboración en iniciativas de apoyo a la catequesis
como retiros, encuentros, etc. Estos catequistas son más numerosos en
las Iglesias donde la organización de los servicios laicales está
mejor desarrollada.
- Los
Catequistas que cooperan en las distintas formas de apostolado con los
ministros ordenados en cordial y estrecha obediencia. Sus tareas son
múltiples: desde el anuncio a los no cristianos y la catequesis a los
catecúmenos y a los bautizados, hasta la animación de la
oración comunitaria, especialmente de la liturgia dominical cuando falta
el sacerdote; desde la asistencia espiritual a los enfermos hasta la
celebración de funerales; desde la formación de otros catequistas
en los centros y la dirección de los catequistas voluntarios, hasta el
control de las iniciativas pastorales; desde la promoción humana y de la
justicia, hasta la ayuda a los pobres, las actividades organizativas, etc.
Estos catequistas prevalecen en las parroquias de vasto territorio, y en
comunidades de fieles distantes del centro; o también cuando los
párrocos, por falta de sacerdotes, escogen colaboradores laicos de
tiempo completo.
El dinamismo de
las Iglesias jóvenes y su situación socio-cultural favorecen el
surgir y aun perdurar de otras distintas funciones apostólicas.
Así, existen los maestros de religión en las escuelas,
encargados de enseñar la religión a los estudiantes bautizados y
la primera evangelización a los no cristianos. Estos prevalecen donde la
autoridad del Estado limita enseñanza religiosa en sus escuelas, y son
también importantes donde existe una estructura escolar de la Iglesia o donde
se trata de recuperar su presencia entre los estudiantes de las escuelas
estatalizadas. Hay también Catequistas dominicales encargados de
enseñar la religión en escuelas organizadas por las parroquias y
enlazadas con la liturgia festiva, especialmente donde el Estado no permite tal
enseñanza en las escuelas propias. Y no hay que olvidar tampoco a
cuantos operan en los barrios de grandes ciudades, en nuevas zonas urbanas,
entre militares, immigrados, encarcelados etc. Las diversas experiencias y
sensibilidades eclesiales consideran estas funciones como propias del
Catequista, o como formas de servicio laical a la Iglesia y a su misión.
La CEP considera esta variedad de cometidos como expresión de la riqueza
del Espíritu operante en las Iglesias jóvenes. Y los recomienda a
la atención de los Pastores. Pero pide que se promuevan aquellos que
responden mejor a las exigencias actuales, poniendo especial atención a
las perspectivas para el futuro.
Hay otro
aspecto que no debemos desestimar. Los catequistas pertenecen a diversas
categorías de personas, y es por tanto claro que el impacto de su
actividad varía según el ambiente y las culturas en las que
operan. Así, por ejemplo, el hombre casado parece ser más
indicado para desempeñar la tarea de animador de la comunidad,
especialmente donde la cultura lo considera todavía como el jefe natural
de la sociedad; a la mujer se la juzga, en general, más idónea
para la educación de los niños y para la promoción
cristiana del ambiente femenino; a los adultos se les considera más
maduros y estables, sobre todo si son casados, con la posibilidad,
además, de testimoniar coherentemente el valor cristiano del matrimonio;
los jóvenes, en cambio, son los preferidos para los contactos con los
jóvenes y para iniciativas que exigen más disponibilidad y tiempo
libre.
En fin, es
oportuno tener presente que, al lado de los catequistas laicos, opera en la
catequesis un gran número de religiosos y religiosas. Aun sin
considerarlos Catequistas por el hecho de ser consagrados poseen una indudable
preparación espiritual y plena disponibilidad apostólica. De
ahí que, en la práctica, los religiosos y las religiosas ejercen
las funciones propias de los catequistas y sobre todo, en virtud de su estrecha
colaboración con los sacerdotes, tienen con frecuencia una parte activa
a nivel de dirección. Por estas razones, la CEP encomienda al compromiso
de los religiosos y de las religiosas, como ya se verifica en muchas partes,
este importante sector de la vida eclesial, especialmente al nivel de la formación,
de la atención y del cuidado de los catequistas.
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