7.
Apertura a la Palabra. El ministerio del catequista está esencialmente
unido a la comunicación de la Palabra. La primera actitud espiritual del
catequista está relacionada, pues, con la Palabra contenida en la revelación,
predicada por la Iglesia, celebrada en la liturgia y vivida especialmente por
los santos. Y es siempre un encuentro con Cristo, oculto en su Palabra, en la
Eucaristía, en los hermanos. Apertura a la Palabra significa, a fin de
cuentas, apertura a Dios, a la Iglesia y al mundo.
- Apertura a
Dios Uno y Trino, que está presente en lo más íntimo
de la persona y da un sentido a toda su vida: convicciones, criterios, escala
de valores, decisiones, relaciones, comportamientos, etc. El catequista debe
dejarse atraer a la esfera del Padre que comunica la Palabra; de Cristo, Verbo
Encarnado, que pronuncia todas y solo las Palabras que oye al Padre (cf. Jn
8,26; 12,49); del Espíritu Santo que ilumina la mente para hacer
comprender toda la Palabra y caldea el corazón para amarla y ponerla
fielmente en práctica (Cf. Jn 16,12-14).
Se trata, pues,
de una espiritualidad arraigada en la Palabra viva, con dimensión
Trinitaria, como la salvación y la misión universal. Eso implica
una actitud interior coherente, que consiste en participar en el amor del
Padre, que quiere que todos los hombres lleguen a conocer la verdad y se salven
(cf. 1Tim 2,4); en realizar la comunión con Cristo, compartir sus
mismos sentimientos (cf. Flp 2,5), y vivir, como Pablo, la
experiencia de su continua presencia alentadora: "No tengas miedo (...)
porque yo estoy contigo" (Hch 18,9-10); en dejarse plasmar por
el Espíritu y transformarse en testigos valientes de Cristo y
anunciadores luminosos de la Palabra.
- Apertura a
la Iglesia, de la cual el catequista es miembro vivo que contribuye a
construirla y por la cual es enviado. A la Iglesia ha sido encomendada la
Palabra para que la conserve fielmente, profundice en ella con la asistencia
del Espíritu Santo y la proclame a todos los hombres.
Esta Iglesia,
como Pueblo de Dios y Cuerpo Místico de Cristo, exige del catequista un
sentido profundo de pertenencia y de responsabilidad por ser miembro vivo y
activo de ella; como sacramento universal de salvación, ella le pide que
se empeñe en vivir su misterio y gracia multiforme para enriquecerse con
ellos y llegar a ser signo visible en la comunidad de los hermanos. El servicio
del catequista no es nunca un acto individual o aislado, sino siempre
profundamente eclesial.
La apertura a
la Iglesia se manifiesta en el amor filial a ella, en la consagración a
su servicio y en la capacidad de sufrir por su causa. Se manifiesta
especialmente en la adhesión y obediencia al Romano Pontífice,
centro de unidad y vínculo de comunión universal, y
también al propio Obispo, padre y guía de la Iglesia particular.
El catequista debe participar responsablemente en las vicisitudes terrenas de
la Iglesia peregrina que, por su misma naturaleza, es misionera y debe
compartir con ella, también el anhelo del encuentro definitivo y beatificante
con el Esposo.
El sentido
eclesial, propio de la espiritualidad del catequista se expresa, pues, mediante
un amor sincero a la Iglesia, a imitación de Cristo que "amó
a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella" (Ef
5,25). Se trata de un amor activo y totalizante que llega a ser
participación en su misión de salvación hasta dar, si es
necesario, la propia vida por ella.
- Apertura
misionera al mundo, lugar donde se realiza el plan salvífico que
procede del "amor fontal" o caridad eterna del Padre; donde
históricamente el Verbo puso su morada para habitar con los hombres y
redimirlos (cf. Jn 1,14), donde ha sido derramado el Espíritu
para santificar a los hijos y constituirlos como Iglesia, para llegar hasta el
Padre a través de Cristo, en un solo Espíritu (cf. Ef
2,18).
El catequista
tendrá, pues, un sentido de apertura y de atención a las
necesidades del mundo, al que se sabe enviado constantemente y que es su campo
de trabajo, aún sin pertenecer del todo a él (cf. Jn
17,14-21). Eso significa que deberá permanecer insertado en el contexto
de los hombres, hermanos suyos, sin aislarse o echarse atrás por temor a
las dificultades o por amor a la tranquilidad; y conservará el sentido
sobrenatural de la vida y la confianza en la eficacia de la Palabra que, salida
de la boca misma de Dios, no retorna sin producir un efecto seguro de
salvación (cf. Is 55,11).
El sentido de
apertura al mundo caracteriza la espiritualidad del catequista en virtud de la "caridad
apostólica", la misma de Jesús, Buen Pastor, que vino
para "reunir en uno a los hijos de Dios que estaban dispersos"
(Jn 11,52). El catequista ha de ser, pues, el hombre de la caridad que
se acerca a los hermanos para anunciarles que Dios los ama y los salva, junto
con toda la familia de los hombres.
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