8.
Coherencia y autenticidad de vida. La tarea del catequista
compromete toda su persona. Ha de aparecer evidente que que el catequista,
antes de anunciar la Palabra, la hace suya y la vive. "El mundo
(...) exige evangelizadores que hablen de un Dios a quien ellos mismos
conocen y tratan familiarmente, como si estuvieran viendo al Invisible".
Lo que el
catequista propone no ha de ser una ciencia meramente humana, ni tampoco la
suma de sus opiniones personales, sino el contenido de la fe de la Iglesia,
única en todo el mundo, que él ya vive, que ha experimentado y de
la cual es testigo.
De aquí
surge la necesidad de coherencia y autenticidad de vida en el catequista. Antes
de hacer catequesis, debe ser catequista. (La verdad de su
vida es la nota cualificante de su misión! (Qué disonancia
habría si el catequista no viviera lo que propone, y si hablara de un
Dios que ha estudiado pero que le es poco familiar! El catequista debe
aplicarse a sí mismo lo que el evangelista Marcos dice con referencia a
la vocación de los apóstoles: "Instituyó Doce para
que estuvieran con él, y para enviarlos a predicar" (cf. Mc
3,14-15).
La autenticidad
de vida se expresa a través de la oración, la experiencia de
Dios, la fidelidad a la acción del Espíritu Santo. Ello implica
una intensidad y un orden interior y exterior, aunque adaptándose a la
distintas situaciones personales y familiares de cada uno. Se puede objetar que
el catequista, en cuanto laico, vive en una realidad que no le permite
estructurarse la vida espiritual como si fuera un consagrado y que, por
consiguiente, debe contentarse con un tono más modesto. En todas las
situaciones de la vida, tanto en el trabajo como en el ministerio, es posible,
para todos, sacerdotes, religiosos y laicos, alcanzar una elevada
comunión con Dios y un ritmo de oración ordenada y verdadera; no
sólo esto, sino también crearse espacios de silencio para entrar
más profundamente en la contemplación del Invisible. Cuanto
más verdadera e intensa sea su vida espiritual, tanto más evidente
será su testimonio y más eficaz su actividad.
Es importante,
asimismo, que el catequista crezca interiormente en la paz y en la
alegría de Cristo, para ser el hombre de la esperanza, del valor, que
tiende hacia lo esencial (cf. Rm 12,12). Cristo, en efecto, "es
nuestro gozo" (Ef 2,14), y lo comunica a los apóstoles
para que su "alegría llegue a plenitud" (Jn
15,11).
El catequista
deberá ser, pues, el sembrador de la alegría y de la esperanza
pascual, que son dones del Espíritu. En efecto "El don
más precioso que la Iglesia puede ofrecer al mundo de hoy, desorientado
e inquieto, es el de formar cristianos firmes en lo esencial y humildemente
felices en su fe".
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