9.
Ardor misionero. Un catequista que viva en contacto con muchedumbres de no
cristianos, como sucede en los territorios de misión, en fuerza del
Bautismo y de la vocación especial no puede menos de sentir como
dirigidas a él las palabras del Señor: "También
tengo otras ovejas, que no son de este redil; también a éllas las
tengo que conducir" (Jn 10,16); "Id por todo el mundo y
proclamad la Buena Nueva a toda creatura" (Mc 16,15). Para
poder afirmar como Pedro y Juan ante el Sanedrín: "No podemos
nosotros dejar de hablar de lo que hemos visto y oído" (Hch
4,20) y realizar, como Pablo, el ideal del ministerio apostólico: "el
amor de Cristo nos apremia" (2Cor 5,14), es necesario que el
catequista tenga un arraigado espíritu misionero. Este espíritu
se hace apostólicamente operante y fecundo bajo algunas condiciones
importantes: ante todo, el catequista ha de tener fuertes convicciones
interiores y ha de irradiar entusiasmo y valor, sin avergonzarse nunca del
Evangelio (cf. Rm 1,16). Deje que los sabios de este mundo busquen las
realidades inmediatas y gratificantes y gloríese sólo de Cristo
que le da la fuerza (cf. Col 1,29) y no ansíe saber, ni predicar,
nada más que a "Cristo fuerza de Dios y sabiduría de
Dios" (1Co 1,24). Como justamente afirma el Catecismo de la
Iglesia Católica, del "amoroso conocimiento de Cristo nace
irresistible el deseo de anunciar, de 'evangelizar' y de conducir los a otros
al 'si' de la fe en Jesucristo. Pero, al mismo tiempo, se siente la necesidad
de conocer cada vez mejor esta fe".
Además,
el catequista ha de procurar mantener la convicción interior del pastor
que "va tras la oveja descarriada hasta que la encuentra" (Lc
15.4); o de la mujer que "busca con cuidado la dracma perdida hasta que
la encuentra" (Lc 15,8). Es una convicción que engendra celo
apostólico: "Me he hecho todo a todos para salvar a toda
costa a algunos. Y todo esto lo hago por el Evangelio" (1Co
9,22-23; cf. 2Co 12,15); "(ay de mí si no
predicara el Evangelio!" (1Co 9,16). Estos apremios interiores de Pablo
podrán ayudar al catequista a acrecentar en sí mismo el celo como
corresponde a su su vocación especial, y también a su voluntad de
responder a ella y le impulsarán a colaborar activamente en el anuncio
de Cristo y en la construcción y al crecimiento de la comunidad
eclesial.
El
espíritu misionero requiere, en fin, que el Catequista imprima, en lo
más íntimo de su ser, el signo de la autenticidad; la cruz
gloriosa. El Cristo que el catequista ha aprendido a conocer, es el "crucificado"
(cf 1Co 2,2); el que él anuncia es también el "Cristo
crucificado, escándalo para los judíos, necedad para los
gentiles" (1Co 1,23), que el Padre ha resucitado de los muertos
al tercer día (cf Hch 10,40). El catequista, por consiguiente,
deberá saber vivir el misterio de la muerte y resurrección de
Cristo, con esperanza, en toda situación de limitación y sufrimiento
personal, de adversidades familiares, de obstáculos en el servicio
apostólico, en el deseo de seguir el mismo camino que recorrió el
Señor: "completo en mi carne lo que falta a los sufrimientos de
Cristo, en favor de su Cuerpo, que es la Iglesia (Col 1,24)".
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