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Necesidad de la inculturación. Como toda la actividad evangelizadora,
también la catequesis está llamada a llevar la fuerza del
Evangelio al corazón de la cultura y de las culturas. El proceso de
inculturación requiere largo tiempo porque es un proceso profundo,
global y gradual. A través de él, como explica Juan Pablo II, "la
Iglesia encarna el Evangelio en las diversas culturas y, al mismo tiempo,
introduce a los pueblos con sus culturas en su misma comunidad; trasmite a las
mismas sus propios valores, asumiendo lo que hay de bueno en ellas y
renovándolas desde dentro".
Los
catequistas, en cuanto apóstoles, están implicados necesariamente
en el dinamismo de este proceso. Además, con una preparación
específica, que no puede prescindir del estudio de la
antropología cultural y de los idiomas más idóneos a la
inculturación, se les debe ayudar a operar por su parte y en la pastoral
de conjunto, siguiendo las directrivas de la Iglesia acerca de este tema
particular, que podemos sintetizar así:
- El mensaje
evangélico, aunque no se identifica nunca con una cultura,
necesariamente se encarna en las culturas. De hecho, desde el comienzo del
cristianismo, se ha encarnado en algunas culturas. Hay que tener en cuenta esto
para no privar a las Iglesias jóvenes de valores que ya son patrimonio
de la Iglesia universal.
- El Evangelio
tiene una fuerza regeneradora, capaz de rectificar no pocos elementos de las
culturas en las que penetra, cuando no son compatibles con él.
- El sujeto
principal de la inculturación son las comunidades eclesiales locales,
que viven una experiencia cotidiana de fe y caridad, insertadas en una
determinada cultura, corresponde a los Pastores indicar las pistas principales
que se deben recorrer para destacar los valores de una determinada cultura; los
expertos sirven de estímulo y ayuda.
- La
inculturación es genuina si se guía por estos dos principios: se
basa en la Palabra de Dios contenida en la Sagrada Escritura y avanza de
acuerdo con la Tradición de la Iglesia y las directivas del Magisterio,
y no contradice la unidad deseada por el Señor.
- La piedad
popular, entendida como conjunto de valores, creencias, actitudes y expresiones
propias de la religión católica y purificada de los defectos
debidos a la ignorancia o a la superstición, expresa la sabiduría
del Pueblo de Dios y es una forma privilegiada de inculturación del
Evangelio en una determinada cultura.
Para participar
positivamente en ese proceso, el catequista deberá atenerse a estas
directivas que favorecen en él una actitud clarividente y abierta;
insertarse con toda seriedad en el plan de pastoral aprobado por la autoridad
competente de la Iglesia, sin aventurarse en experiencias particulares que podrían
desorientar a los demás fieles; y reavivar la esperanza
apostólica, convencido de que la fuerza del Evangelio es capaz de
penetrar en cualquier cultura, enriqueciéndola y fortaleciéndola
desde dentro.
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