13.
Promoción humana y opción por
los pobres. Entre el anuncio del Evangelio y la promoción humana hay una "estrecha
conexión". Se trata, en efecto, de la única
misión de la Iglesia. "Con el mensaje evangélico la
Iglesia ofrece una fuerza libertadora y promotora de desarrollo, precisamente
porque lleva a la conversión de corazón y de la mentalidad; ayuda
a reconocer la dignidad de cada persona; dispone a la solidaridad, al
compromiso, al servicio de los hermanos; inserta al hombre en el proyecto de
Dios, que es la construcción del Reino de paz y de justicia, a partir ya
de esta vida. Es la perspectiva bíblica de los 'nuevos cielos y nueva
tierra' (cf. Is 65,17; 2Pe 3,13; Ap 21,1), es la
que ha introducido en la historia el estímulo y la meta para el progreso
de la humanidad".
Es bien sabido
que la Iglesia reivindica para sí una misión de orden "religioso",
que debe realizarse, sin embargo, en la historia y en la vida real de la
humanidad y, por tanto, en forma no desencarnada.
Es tarea,
preeminente de los laicos, llevar los valores del Evangelio al campo
económico, social y político. El catequista tiene una importante
tarea propia y característica en el sector de la promoción
humana, del desarrollo y defensa de la justicia. Al vivir en un mismo contexto
social con los hermanos, es capaz de comprender, interpretar y resolver las
situaciones y los problemas a la luz del Evangelio. Ha de saber, pues, estar en
contacto con la gente, estimularla a tomar conciencia de la realidad en que
vive para mejorarla y, cuando sea necesario, ha de tener el valor de hablar en
nombre de los más débiles para defender sus derechos.
Por lo que se
refiere a la acción, cuando es necesario realizar iniciativas de ayuda,
el catequista deberá actuar siempre con la comunidad, en un programa de
conjunto, bajo la guía de los Pastores.
Aquí
surge, necesariamente, otro aspecto relacionado con la promoción: la
opción preferencial por los pobres. El catequista, sobre todo cuando
está comprometido en el apostolado en general, tiene el deber de asumir
esta opción eclesial que no es exclusiva, sino una forma de
primacía de la caridad. Y debe estar convencido de que su interés
y ayuda a los pobres se funda en la caridad porque, como afirma
explícitamente el Sumo Pontífice Juan Pablo II: "El amor
es, y sigue siendo, la fuerza de la misión".
El catequista
ha de tener presente que por pobres se entiende sobre todo aquellos que se
hallan en situación de estrechez económica, tan numerosos en
diversos territorios de misión; estos hermanos deben poder experimentar
el amor maternal de la Iglesia, aunque todavía no formen parte de ella,
y sentirse estimulados a afrontar y superar las dificultades con la fuerza de
la fe cristiana, ayudándolos a hacerse ellos mismos artífices de
su propio desarrollo integral. Todo acto caritativo de la Iglesia, así
como toda la actividad misionera, da "a los pobres luz y aliento para
un verdadero desarrollo".
Además
de atender a los desposeídos, los catequistas han de acercarse y ayudar,
porque son también pobres, a los oprimidos y perseguidos, a los
marginados y a todas las personas que viven en una situación de grave
necesidad, como los minusválidos, los desocupados, los prisioneros, los
refugiados, los drogadictos, los enfermos de SIDA, etc..
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