16.
Atención a la difusión de las sectas. La proliferación de
las sectas de origen cristiana y no cristiana es, actualmente, un reto
pastoral para la Iglesia en todo el mundo. En los territorios de misión,
representan un serio obstáculo para la predicación del Evangelio
y para el desarrollo ordenado de las Iglesias jóvenes, pues atacan a la
integridad de la fe y a la solidez de la comunión.
Existen zonas más vulnerables y
personas más expuestas a su influencia. Lo que las sectas pretenden
ofrecer, les favorece aparentemente porque lo presentan como una respuesta "inmediata"
y "sencilla" a las necesidades sensibles de las personas, y se
sirven de medios apropiados a la sensibilidad y cultura locales.
Como es bien
sabido, el Magisterio de la Iglesia ha alertado varias veces respecto a las
sectas, animando a que se considere su difusión actual como una
ocasión para una "seria reflexión" por parte de
la Iglesia. Más que una campaña contra las sectas, en los
territorios de misión se debe dar un nuevo impulso a la "actividad
misionera" propiamente dicha.
El catequista
se presenta, hoy día, como uno de los agentes más aptos para
superar positivamente ese fenómeno. Con su tarea de anunciar la Palabra
y de acompañar el crecimiento en la vida cristiana, el catequista se
encuentra en una situación ideal para ayudar a las personas - tanto
cristianos como no cristianos - a comprender cuáles son las verdaderas
respuestas a sus necesidades, sin recurrir a las pseudo-seguridades de las
sectas. Además, como laico puede actuar más capilarmente y hablar
de modo más realista y comprensivo.
Las
líneas de acción preferenciales, para un catequista, son las
siguientes: conocer bien el contenido y especialmente las cuestiones que las
sectas explotan para combatir la fe y a la Iglesia, y así hacer
comprender a la gente la inconsistencia de la exposición religiosa de
las sectas; cuidar la instrucción y el fervor de vida de las comunidades
cristianas para detener la corrosión; intensificar el anuncio y la
catequesis para prevenir la difusión de las sectas. El catequista, por
consiguiente, ha de empeñarse en realizar una obra silenciosa,
perseverante y positiva con las personas, para iluminarlas, protegerlas y,
eventualmente, liberarlas de la influencia de las sectas.
No hay que
olvidar que muchas sectas son intolerantes y proselitísticas y, en
general, se muestran agresivas hacia el Catolicismo. No es posible pensar en un
diálogo constructivo con la mayor parte de ellas, si bien hay que partir
del respeto y comprensión que merecen las personas. Esta
constatación exige que la obra de la Iglesia sea compacta para no dar
espacio a confusiones; y también ecuménica, porque la expansión
de las sectas representa, asimismo, una amenaza para las otras denominaciones
cristianas. Por lo que se refiere a la acción, el catequista
deberá actuar dentro del programa pastoral común aprobado por los
Pastores competentes.
|