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Unidad y armonía en la personalidad del catequista. Para realizar su
vocación, los catequistas - como todo fiel laico - "han de ser
formados para vivir aquella unidad con la que está marcado su mismo ser
de miembros de la Iglesia y de ciudadanos de la sociedad humana". No
pueden existir niveles paralelos y diferentes en la vida del catequista: el espiritual,
con sus valores y exigencias; el secular con sus distintas
manifestaciones, y el apostólico con sus compromisos, etc..
Para lograr la
unidad y la armonía de la persona es importante, desde luego, educar y
disciplinar sus propias tendencias caracteriales, intelectuales, emocionales,
etc., para favorecer el crecimiento, y seguir un programa de vida ordenado; es
decisivo profundizar y aferrar que el principio y la fuente de la identidad del
catequista, es la persona de Cristo Jesús.
El objeto
esencial y primordial de la catequesis, como es bien sabido, es la persona de
Jesús de Nazareth, "Hijo único del Padre, lleno de gracia
y de verdad" (Jn 1,14), "el camino, la verdad y la
vida" (Jn 14,6). Todo el "misterio de Cristo"
(Ef 3,4), "escondido desde siglos y generaciones" (Col
1,26), es el que debe ser revelado. Por tanto, la preocupación del
catequista deberá ser, precisamente, la de trasmitir, a través de
su enseñanza y comportamiento, la doctrina y la vida de Jesús. El
ser y actuar del catequista dependen, inseparablemente, del ser y el actuar de
Cristo. La unidad y la armonía del catequista se deben leer desde esa
perspectiva cristocéntrica y han de construirse en base a una "familiaridad
profunda con Cristo y con el Padre", en el Espíritu. Nunca se
insistirá bastante en este punto, si se quiere renovar la figura del
catequista en este momento decisivo para la misión de la Iglesia.
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