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Madurez humana. Desde la elección, es importante poner cuidado en que el
candidato posea un mínimo de cualidades humanas básicas, y
muestre aptitud para un crecimiento progresivo. El objetivo, en este ámbito,
es que el catequista sea una persona humanamente madura e idónea para
una tarea responsable y comunitaria.
Por tanto, se
deben tener en cuenta algunos aspectos determinados. Ante todo, la esfera
propiamente humana, con todo lo que ella implica: equilibro psico-físico,
buena salud, responsabilidad, honradez, dinamismo; ética profesional y
familiar; espíritu de sacrificio, de fortaleza, de perseverancia, etc.
Además, la idoneidad para desempeñar las funciones de
catequista: facilidad de relaciones humanas, de diálogo con las
diversas creencias religiosas y con la propia cultura; idoneidad de
comunicación, disposición para colaborar; función de
guía; serenidad de juicio; comprensión y realismo; capacidad para
consolar y de hacer recobrar la esperanza, etc. En fin, algunas dotes
características para afrontar situaciones o ambientes particulares:
ser artífices de paz; idóneos para el compromiso de
promoción, de desarrollo, de animación socio-cultural; sensibles
a los problemas de la justicia, de la salud, etc.
Estas
cualidades humanas, educadas con una sana pedagogía, forman una
personalidad madura y completa, ideal para un catequista.
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