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Profunda vida espiritual. La misión de educador en la fe requiere en el
catequista una intensa vida espiritual. Este es el aspecto culminante y
más valioso de su personalidad y, por tanto, la dimensión
preferente de su formación. El verdadero catequista es el santo.
La vida
espiritual del catequista se centra en una profunda comunión de fe y
amor con la persona de Jesús que lo ha llamado y lo envía. Como
Jesús, el único Maestro (cf. Mt 23,8), el catequista sirve
a los hermanos con la enseñanza y con las obras que son siempre gestos
de amor (cf. Hch 1,1). Cumplir la voluntad del Padre, que es un acto de
caridad salvífica hacia los hombres, es también alimento para el
catequista, como lo fue para Jesús (cf. Jn 4,34). La santidad de
vida, realizada desde la perspectiva de la identidad de laico y apóstol,
ha de ser, pues, el ideal al que se ha de aspirar en el ejercicio del servicio
de catequista.
La
formación espiritual se desarrolla en un proceso de fidelidad hacia "Aquél
que es el principio inspirador de toda la obra catequética y de los que
la realizan: el Espíritu del Padre y del Hijo: el Espíritu
Santo".
La manera más
adecuada para alcanzar ese alto grado de madurez interior es una intensa vida
sacramental y de oración.
De las
experiencias más significativas y realistas se destaca un ideal de vida
de oración que la CEP propone al menos para los catequistas que
guían una comunidad, o que trabajan con dedicación plena, o
colaboran estrechamente con el sacerdote, especialmente para los llamados Cuerpos
directivos:
- Participación
en la Eucaristía con regularidad y, donde es posible, cada
día, sosteniéndose con el "pan de vida" (Jn
6,34), para formar "un solo cuerpo" con los hermanos (cf. 1Cor
10,17) y ofreciéndose a sí mismo al Padre, junto con el cuerpo y
la sangre del Señor.
- Liturgia
vivida en sus distintas dimensiones, para crecer como persona y para ayudar
la comunidad.
- Rezo de una
parte de la Liturgia de las Horas especialmente de Laudes y de
Vísperas, para unirse a la alabanza que la Iglesia ofrece al Padre "desde
que sale el sol hasta el ocaso" (Sal 113,3).
- Meditación
diaria, especialmente sobre la Palabra de Dios, en actitud de
contemplación y de respuesta personal. Como la experiencia lo demuestra,
la meditación regular, así como la lectio divina, hecha
también por los laicos, pone orden en la vida y asegura un armonioso
crecimiento espiritual.
- Oración
personal, que alimente la comunión con Dios durante las ocupaciones
diarias, prestando especial atención a la piedad mariana.
- Frecuencia
del Sacramento de la Penitencia para la purificación interior y
el fervor del espíritu.
-
Participación en retiros espirituales, para la renovación
personal y comunitaria.
Sólo
alimentando la vida interior con una oración abundante y bien hecha, el
catequista puede lograr el grado de madurez espiritual que su cometido exige.
Como la adhesión al mensaje cristiano, que en último
término es fruto de la gracia y de la libertad, y no depende de la
habilidad del catequista, es necesario que su actividad esté
acompañada por la oración.
Puede suceder
que, debido a la escasez de personas disponibles e idóneas, surja el
riesgo de contentarse con catequistas de nivel más bien bajo. La CEP
anima a no ceder a esas soluciones pragmáticas para que esta figura de
apóstol pueda mantener su puesto cualificado en la Iglesia así
como lo exige el actual momento del compromiso misionero.
Para la vida
espiritual del catequista es necesario proporcionarle medios adecuados. El
primero es, sin lugar a dudas, la dirección espiritual. Merecen
estima las diócesis que confían a uno o varios sacerdotes la
guía espiritual de los catequistas en sus mismos puestos de trabajo.
Pero es insustituible la obra constante de un director espiritual que el
catequista mismo escoge entre los sacerdotes disponibles y de fácil
acceso. Este sector hay que potenciarlo. Los párrocos, sobre todo, han
de permanecer cerca de sus propios catequistas, preocupándose de
seguirlos en su crecimiento espiritual, más aun que en la eficacia de su
trabajo.
Se recomiendan,
asimismo, las iniciativas parroquiales o diocesanas que tienen por objeto la
formación interior de los catequistas - como las escuelas de
oración, las convivencias fraternas y de coparticipación
espiritual y los retiros espirituales. Estas iniciativas no aíslan a los
catequistas, sino que les ayudan a crecer en la espiritualidad propia y en la
comunión entre ellos.
Todo catequista,
en fin, debe estar convencido de que la comunidad cristiana es también
un lugar apropiado para cultivar la vida interior. Mientras guía y anima
la oración de los hermanos, el catequista recibe de ellos, al mismo
tiempo, un estímulo y un ejemplo para mantener el fervor y crecer como
apóstol.
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