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Congregación para la Evangelización de los Pueblos
Guia para los Catequistas

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  • SEGUNDA PARTE ELECCION Y FORMACION DEL CATEQUISTA
    • V - CAMINO DE FORMACION
      • 22
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22. Profunda vida espiritual. La misión de educador en la fe requiere en el catequista una intensa vida espiritual. Este es el aspecto culminante y más valioso de su personalidad y, por tanto, la dimensión preferente de su formación. El verdadero catequista es el santo.

La vida espiritual del catequista se centra en una profunda comunión de fe y amor con la persona de Jesús que lo ha llamado y lo envía. Como Jesús, el único Maestro (cf. Mt 23,8), el catequista sirve a los hermanos con la enseñanza y con las obras que son siempre gestos de amor (cf. Hch 1,1). Cumplir la voluntad del Padre, que es un acto de caridad salvífica hacia los hombres, es también alimento para el catequista, como lo fue para Jesús (cf. Jn 4,34). La santidad de vida, realizada desde la perspectiva de la identidad de laico y apóstol, ha de ser, pues, el ideal al que se ha de aspirar en el ejercicio del servicio de catequista.

La formación espiritual se desarrolla en un proceso de fidelidad hacia "Aquél que es el principio inspirador de toda la obra catequética y de los que la realizan: el Espíritu del Padre y del Hijo: el Espíritu Santo".

La manera más adecuada para alcanzar ese alto grado de madurez interior es una intensa vida sacramental y de oración.

De las experiencias más significativas y realistas se destaca un ideal de vida de oración que la CEP propone al menos para los catequistas que guían una comunidad, o que trabajan con dedicación plena, o colaboran estrechamente con el sacerdote, especialmente para los llamados Cuerpos directivos:

- Participación en la Eucaristía con regularidad y, donde es posible, cada día, sosteniéndose con el "pan de vida" (Jn 6,34), para formar "un solo cuerpo" con los hermanos (cf. 1Cor 10,17) y ofreciéndose a sí mismo al Padre, junto con el cuerpo y la sangre del Señor.

- Liturgia vivida en sus distintas dimensiones, para crecer como persona y para ayudar la comunidad.

- Rezo de una parte de la Liturgia de las Horas especialmente de Laudes y de Vísperas, para unirse a la alabanza que la Iglesia ofrece al Padre "desde que sale el sol hasta el ocaso" (Sal 113,3).

- Meditación diaria, especialmente sobre la Palabra de Dios, en actitud de contemplación y de respuesta personal. Como la experiencia lo demuestra, la meditación regular, así como la lectio divina, hecha también por los laicos, pone orden en la vida y asegura un armonioso crecimiento espiritual.

- Oración personal, que alimente la comunión con Dios durante las ocupaciones diarias, prestando especial atención a la piedad mariana.

- Frecuencia del Sacramento de la Penitencia para la purificación interior y el fervor del espíritu.

- Participación en retiros espirituales, para la renovación personal y comunitaria.

Sólo alimentando la vida interior con una oración abundante y bien hecha, el catequista puede lograr el grado de madurez espiritual que su cometido exige. Como la adhesión al mensaje cristiano, que en último término es fruto de la gracia y de la libertad, y no depende de la habilidad del catequista, es necesario que su actividad esté acompañada por la oración.

Puede suceder que, debido a la escasez de personas disponibles e idóneas, surja el riesgo de contentarse con catequistas de nivel más bien bajo. La CEP anima a no ceder a esas soluciones pragmáticas para que esta figura de apóstol pueda mantener su puesto cualificado en la Iglesia así como lo exige el actual momento del compromiso misionero.

Para la vida espiritual del catequista es necesario proporcionarle medios adecuados. El primero es, sin lugar a dudas, la dirección espiritual. Merecen estima las diócesis que confían a uno o varios sacerdotes la guía espiritual de los catequistas en sus mismos puestos de trabajo. Pero es insustituible la obra constante de un director espiritual que el catequista mismo escoge entre los sacerdotes disponibles y de fácil acceso. Este sector hay que potenciarlo. Los párrocos, sobre todo, han de permanecer cerca de sus propios catequistas, preocupándose de seguirlos en su crecimiento espiritual, más aun que en la eficacia de su trabajo.

Se recomiendan, asimismo, las iniciativas parroquiales o diocesanas que tienen por objeto la formación interior de los catequistas - como las escuelas de oración, las convivencias fraternas y de coparticipación espiritual y los retiros espirituales. Estas iniciativas no aíslan a los catequistas, sino que les ayudan a crecer en la espiritualidad propia y en la comunión entre ellos.

Todo catequista, en fin, debe estar convencido de que la comunidad cristiana es también un lugar apropiado para cultivar la vida interior. Mientras guía y anima la oración de los hermanos, el catequista recibe de ellos, al mismo tiempo, un estímulo y un ejemplo para mantener el fervor y crecer como apóstol.




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