23.
Preparación doctrinal. Es evidente la necesidad de una
preparación doctrinal de los catequistas, para que puedan conocer a
fondo el contenido esencial de la doctrina cristiana y comunicarlo luego de
modo claro y vital, sin lagunas o desviaciones.
Se requiere en
todos los candidatos una preparación escolar básica evidentemente
proporcionada a la situación general del país. Son conocidas, al
respecto, las dificultades que se presentan donde la escolaridad es baja. No se
debe ceder sin reaccionar ante esas dificultades. Por el contrario, hay que
tratar de elevar el grado de estudio básico que se requiere para ser
aceptados, de manera que todos los candidatos estén preparados para seguir
un curso de cultura religiosa superior; sin la cual además de
experimentar un sentimiento de inferioridad respecto a otros que han estudiado,
resultan efectivamente menos aptos para afrontar ciertos ambientes y para
resolver nuevas problemáticas.
Por lo que se
refiere a los contenidos, sigue siendo actual y válido el cuadro
completo de formación teológico-doctrinal,
antropológica y metodológica, tal como se presenta en el Directorio
Catequístico General publicado por la Congregación para el
Clero en 1971. En lo que concierne a los territorios de misión, sin
embargo, es necesario hacer algunas precisaciones y añadir unas
observaciones que este Dicasterio ya había expresado, en parte, in
ocasión de la Asamblea Plenaria de 1970, y que ahora asume y desarrolla
en base a la Encíclica Redemptoris Missio:
- En virtud del
fin propio de la actividad misionera, los elementos fundamentales de la
formación doctrinal del catequista serán la Teología
Trinitaria, la Cristología y la Eclesiología, consideradas en una
síntesis global, sistemática y progresiva del mensaje cristiano.
Comprometido a dar a conocer y a amar a Cristo, Dios y Hombre, deberá
conocerlo a fondo e interiorizarse con El. Comprometido a dar a conocer y a
amar a la Iglesia, se familiarizará con su tradición e historia y
con el testimonio de los grandes modelos, como son los Padres y los Santos.
- El grado de
cultura religiosa y teológica varía de un lugar a otro,
dependiendo de cómo se imparta la enseñanza: en centros, o en
cursos breves. En todo caso se debe asegurar a todos un mínimo
conveniente, fijado por la Conferencia Episcopal o por el Obispo, en base al
criterio general ya mencionado, de la necesidad de adquirir una cultura
religiosa superior.
- La Sagrada
Escritura deberá seguir siendo la materia principal de enseñanza
y constituir el alma de todo el estudio teológico. Esta ha de
intensificarse cuando sea necesario. Habrá que estructurar, entorno a la
Sagrada Escritura, un programa que incluya las principales ramas de la
teología. Se tenga presente que el catequista tiene que ser formado en
la pastoral bíblica, también en previsión de la
confrontación con las confesiones no católicas y con las sectas
que recurren a la Biblia de modo no siempre correcto.
-
También la Misiología ha de enseñarse a los catequistas,
al menos en sus elementos basilares, para garantizarles este aspecto esencial
de su vocación.
- Llamado a ser
animador de la oración comunitaria, el catequista necesita profundizar
convenientemente el estudio de la Liturgia.
- Según
las necesidades locales, habrá que incluir o dar mayor relieve a algunos
temas de estudio; por ejemplo, la doctrina, las creencias de los ritos
principales de las otras religiones o las variantes teólogicas de las
Iglesias y de las comunidades eclesiales no católicas presentes en la
región.
- Merecen
especial atención algunos temas que dan a la preparación
intelectual del catequista un mayor arraigo y actualización, como: la
inculturación del Cristianismo en una cultura determinada; la
promoción humana y de la justicia en una especial situación
socio-económica; el conocimiento de la historia del país, de las
prácticas religiosas, del idioma, de los problemas y necesidades del
ambiente al que ha sido destinado el catequista.
- Por lo que se
refiere a la preparación metodológica, hay que tener presente
que, en las misiones, muchos catequistas trabajan también en distintos
campos de la pastoral, y que casi todos están en contacto con seguidores
de otras religiones. Por eso hay que iniciarlos no sólo en la enseñanza
de la catequesis, sino también en todas aquellas actividades que forman
parte del primer anuncio y de la vida de una comunidad eclesial.
- Será
importante. asimismo, presentar a los catequistas contenidos relacionados con
las nuevas situaciones que van surgiendo en el contexto de su vida. En los
programas de estudio se deberán incluir también - partiendo de la
realidad actual y de las previsiones para el futuro - materias que ayuden a
afrontar fenómenos como la urbanización, la secularización,
la industrialización, las migraciones, los cambios
socio-póliticos, etc.
- Hay que
insistir en que la formación teológica tiene que ser global y no
sectorial. Los catequistas, en efecto, deben llegar a una comprensión
unitaria de la fe que favorezca precisamente la unidad y la armonía de
su personalidad, y también de su servicio apostólico.
- Actualmente
hay que aprovechar la especial importancia que reviste, para la
preparación doctrinal de los catequistas el Catecismo de la Iglesia
Católica. Este contiene, en efecto, una síntesis orgánica
de la Revelación y de la perenne fe católica, tal como la Iglesia
la propone a sí misma y a la comunidad de los hombres de nuestro tiempo.
Como afirma S.S. Juan Pablo II, en la Constitución Apostólica Fidei
depositum, el Catecismo contiene "cosas nuevas y
viejas" (cf. Mt 13,52), pues la fe es siempre la misma y al
mismo tiempo es fuente de luces siempre nuevas. El servicio que el Catecismo
quiere ofrecer es atinente y actual para cada catequista. La misma
Constitución Apostólica afirma que el Catecismo se ofrece
a los Pastores y a los fieles para que se sirvan de él en el
cumplimiento, dentro y fuera de la comunidad eclesial, de "su
misión de anunciar la fe y de llamar a la vida evangélica".
Y se ofrece también "a todo hombre que os pida cuentas de la esperanza
que hay en vosotros (cf. 1Pt 3,15) y que desea conocer lo que la Iglesia
católica cree". Sin duda alguna los catequistas
encontrarán en el nuevo Catecismo una fuente de
inspiración y una mina de conocimientos para su misión
específica.
- A estas indicaciones
hay que añadir una exhortación a procurar los medios necesarios
para la formación intelectual de los catequistas. Entre éstos
están, en primer lugar, las escuelas de catequesis: y se revelan
también muy eficaces los cursos breves promovidos en las diócesis
o en las parroquias, la instrucción individual impartida por un
sacerdote o un catequista experto; además, la utilización de
material didáctico. Es bueno que se dé importancia, en la
formación intelectual, a metodologías variadas y sencillas como
las lecciones escolares, el trabajo en grupo, el análisis de casos
prácticos, las investigaciones y el estudio individual.
La
dimensión intelectual de la formación se presenta, pues, como
algo muy exigente, y requiere personal cualificado, estructuras y medios
económicos. Se trata de un desafío que hay que afrontar y superar
con valor, sano realismo y una programación inteligente, ya que es
éste uno de los sectores más deficientes en el momento actual.
Todo catequista
deberá empeñarse al máximo en el estudio para llegar a ser
como una lámpara que ilumina el camino de los hermanos (cf. Mt 5,
14-16). Para ello, debe ser el primero en sentirse gozoso de su fe y de su
esperanza (cf. Flp 3,1; Rm 12,12); teniendo el sano criterio de
proponer sólo los contenidos sólidos de la doctrina eclesial en
fidelidad al Magisterio; sin permitisse nunca perturbar las conciencias, sobre
todo de los jóvenes, con teorías "más propias para
suscitar problemas inútiles que para secundar el plan de Dios, fundado
en la fe" (1Tm 1,4).
En fin de
cuentas, es deber del catequista unir en su persona la dimensión
intelectual y la espiritual. Ya que existe un único Maestro, el
catequista debe de ser consciente de que sólo el Señor
Jesús enseña, mientras que él lo hace "en la
medida en que es su portavoz, permitiendo que Cristo enseñe por su
boca".
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