26.
Actitud eclesial. El hecho de que la Iglesia sea misionera por su misma
naturaleza y haya sido llamada y destinada a evangelizar a todos los hombres,
comporta una doble convicción: en primer lugar, que la actividad
apostólica no es un acto individual y aislado; y que se ha de llevar a
cabo en comunión eclesial, a partir de la Iglesia particular con su
Obispo.
Estas
constataciones de Pablo VI con relación a los evangelizadores pueden
aplicarse con todo derecho a los catequistas, cuya tarea es una realidad
eminentemente eclesial y, por tanto, comunitaria. El catequista, en efecto, es
enviado por los Pastores y actúa gracias a la misión recibida de
la Iglesia y en nombre de ella. Su acción, de la que él no es
dueño sino humilde siervo, tiene, en el orden de la gracia,
vínculos institucionales con la acción de toda la Iglesia.
Las actitudes
principales que se deben tener en cuenta para educar convenientemente a un
catequista a esa dimensión comunitaria son:
- La actitud
de obediencia apostólica a los Pastores, en espíritu de fe,
como Jesús que "se despojó de sí mismo tomando
condición de siervo (...), obedeciendo hasta la muerte" (Flp
2,7-8; cf. Hb 5,8; Rm 5,19). A esta obediencia apostólica
debe acompañar una actitud de responsabilidad, ya que el ministerio del
catequista, después de la elección y del mandato, es ejercido por
la persona llamada y habilitada interiormente por la gracia del
Espíritu.
En este
contexto de la obediencia apostólica, se hace cada vez más
oportuno el mandato o misión canónica, como se acostumbra
en muchas Iglesias, en el que se destaca el vínculo que existe entre la
misión de Cristo y de la Iglesia, con la del catequista.
Se aconseja sea
en una función litúrgica especial o litúrgicamente
inspirada, debidamente aprobada, celebrada en la comunidad de la que procede el
catequista, durante la cual el Obispo o un delegado suyo dé el mandato,
haciendo un gesto significativo, como por ejemplo la imposición del
crucifijo o la entrega de los Evangelios. Es conveniente que este rito del
mandato tenga más solemnidad para el catequista de plena
dedicación que para el catequista de tiempo limitado.
- Capacidad
de colaborar en distintos niveles: el sentido comunitario produce
necesariamente en el individuo una actitud de colaboración que se debe
educar y apoyar. El catequista deberá tener en cuenta todos los
componentes de la comunidad eclesial en la que está insertado, y actuar
en unión con ellos. Se recomienda, especialmente, la colaboración
con otros laicos comprometidos en la pastoral, sobre todo en las Iglesias donde
están más desarrollados los servicios laicales distintos al del
catequista. Para colaborar en este plano, no es suficiente una
convicción interior; se debe echar mano también del trabajo de
conjunto, como la planificación y la revisión en común de
las distintas obras y actividades. Esta unión de todas las fuerzas es
cometido, sobre todo, de los Pastores; pero la cordura de un catequista
deberá favorecer la convergencia de todos los que trabajan en su radio
de acción.
El catequista debe
saber sufrir por la Iglesia, afrontando la fatiga que comporta el apostolado
realizado en común y aceptando las imperfecciones de los miembros de la
Iglesia, a imitación de Cristo que amó a su Iglesia hasta darse
por ella (cf. Ef 5,25).
La
educación al sentido comunitario debe ser objeto de atención
especial, desde el comienzo de la formación, mediante experiencias
preparadas, realizadas y revisadas en grupo por los candidatos.
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