27.
Agentes de formación. Es de capital
importancia, en la formación de los catequistas, contar con educadores
idóneos y suficientes. Cuando se habla de agentes, se debe entender todo
el conjunto de personas implicadas en la formación.
Los catequistas
deben estar convencidos, ante todo, de que su primer educador es Nuestro
Señor Jesu Cristo, que forma a través del Espíritu
Santo (cf Jn 16,12-15). Esto exige en ellos un espíritu de fe
y una actitud de oración y de recogimiento para dar espacio a la
pedagogía divina. La educación de apóstoles es pues,
principalmente un arte que se expresa en el ámbito sobrenatural.
La persona
es la primera responsable del propio crecimiento interior, es decir, de
cómo se debe responder al llamamiento divino. La conciencia de esta
responsabilidad deberá impulsar al catequista a dar una respuesta activa
y creativa comprometiéndose y asumiendo todas las responsabilidades del
propio progreso de vida.
El catequista
opera en comunión, al servicio y con la ayuda de la comunidad
eclesial. Por tanto, también la comunidad está llamada a
colaborar en la formación de sus catequistas, asegurándoles, en
especial, un ambiente positivo y fervoroso; acogiéndolos por lo que son
y ofreciéndoles la debida colaboración. En la comunidad, los Pastores
desempeñan también un servicio de guía como educadores de
los catequistas. Esto requiere de ellos
particular atención y, en los candidatos, confianza y coherencia en
seguir sus directivas. El Obispo y el párroco son, en virtud de su
función, los formadores más adecuados de los catequistas.
Los formadores, es decir, los
delegados por la Iglesia para ayudar a los catequistas a realizar el programa
de educación, son como "compañeros de viaje"
cuyo servicio cualificado es muy valioso. Son, ante todo, los responsables
de los centros para catequistas y también los que se encargan de la
formación básica y permanente de los candidatos fuera de los
centros. Es importante que se escojan educadores idóneos que,
además de destacarse por sentido de Iglesia y por vida cristiana, posean
una preparación específica para esa tarea y tengan una
experiencia personal por haber desempeñado, ellos también, el
servicio de la catequesis. Es bueno que los formadores constituyan un equipo o
grupo compuesto posiblemente de sacerdotes, religiosos y laicos, tanto hombres
como mujeres escogidos sobre todo entre catequistas experimentados. Así,
la formación resultará más completa y encarnada. Los
candidatos han de tener confianza en sus formadores y considerarlos
guías indispensables que la Iglesia les ofrece amorosamente para que
puedan llegar a un alto grado de madurez.
|