28.
Formación básica. El proceso de formación que antecede al
comienzo del ministerio catequético no es igual en todas las Iglesias,
ya que la organización y las posibilidades son diferentes, y varía
asimismo, según se imparta en un centro o fuera de él.
Hay que
insistir en que todos los catequistas reciban una formación inicial
mínima suficiente, sin la cual no podrían ejercer
convenientemente su misión. Con este fin indicamos algunos criterios y
directivas que contribuirán a promover y a guiar las distintas opciones
de la actividad formativa:
- Conocimiento
del sujeto: es necesario que el candidato sea conocido personalmente y en
su ambiente cultural. Sin este conocimiento de base, la formación
sería más bien una simple instrucción poco personalizada.
- Atención
a la realidad socio-eclesial: es importante que la formación de los
catequistas no sea abstracta, sino encarnada en la realidad en que ellos viven
y actuán. La atención a las situaciones eclesiales y sociales
ofrece puntos de referencia concretos y garantiza una formación
más adecuada.
- Formación
continua y gradual: es preciso ayudar a los candidatos a alcanzar todos los
objetivos de la formación, de manera progresiva y gradual, respetando
los ritmos de crecimiento de cada uno y las necesarias diferencias de las
distintas etapas. No se debe pretender tener catequistas completos desde el
principio, pero ayúdeseles a mejorar sin interrupciones ni
desequilibrios.
- Método
ordenado y completo: teniendo en cuenta el contexto misionero y los
principios de una sana pedagogía, es necesario que el método de
formación se nutra de experiencia, es decir, que se enriquezca
con confrontaciones, programadas y guiadas, con las situaciones eclesiales,
culturales y sociales locales; que sea integral, a saber, que procure el
desarrollo de la persona en todos sus aspectos y valores; dialogante, con un
continuo intercambio entre la persona y Dios, el formador y la comunidad; liberador,
para desligar al catequista de cualquier condicionamiento consciente o
inconsciente, que contraste con el mensaje evangélico; armónico,
es decir, que procure asumir lo esencial y conduzca a la unidad interior.
- Proyecto
de vida: una pedagogía eficaz ayuda al individuo a construir un plan
de vida que establezca los objetivos y los medios para alcanzarlos, de manera
realista. A todo catequista se debe dar, desde el principio, una
formación que le capacite para fijarse un plan ordenado, cuidando, ante
todo, la identidad y el estilo de vida, y también las cualidades
necesarias para el apostolado.
- Diálogo
formativo: es el encuentro personal entre el candidato y el formador. Se
trata de un encuentro importante para iluminar, estimular y acompañar el
progreso en la formación. El catequista ha de abrirse al formador y
establecer con él un diálogo constructivo y regular. En el
diálogo formativo ocupa un puesto singular la dirección
espiritual, que llega hasta lo más íntimo de la persona y la
ayuda a abrirse a la gracia para crecer en sabiduría.
- En un contexto
comunitario: la comunidad cristiana, donde el catequista vive y desarrolla
su actividad, es el lugar necesario de confrontación, propuesta y
discernimiento de vida para todos sus miembros y - en especial - para los que
desempeñan una vocación apostólica. Los catequistas pueden
descubrir progresivamente, en la comunidad, cómo se lleva a cabo el
proyecto divino de la salvación. Ninguna verdadera educación
apostólica puede realizarse al margen del contexto comunitario.
Estas
indicaciones se tienen presentes donde existe una buena estructura para la
formación básica. Sin embargo, pueden servir de estímulo y
orientación para los Pastores y para los mismos candidatos
también en la fase inicial. Hay que evitar, absolutamente, toda
improvisación en la preparación de los catequistas, o dejarla a
su exclusiva iniciativa.
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