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Formación permanente. La evolucióm de la persona, el dinamismo
peculiar de los sacramentos del Bautismo y de la Confirmación, el
proceso de continua conversión y de crecimiento en la caridad
apostólica, la renovación de la cultura, la evolución de
la sociedad y el continuo perfeccionamiento de los métodos
didácticos, exigen que el catequista se mantenga en fase de
formación durante todo el período de su servicio activo. Este empeño
concierne tanto a los dirigentes como a los catequistas, y abarca todas las
dimensiones de su formación: humana, espiritual, doctrinal y
apostólica.
La
formación permanente asume características particulares
según las distintas situaciones: al comienzo de la actividad
apostólica, es una introducción al servicio, necesaria a todo
catequista, y consiste en instrucciones doctrinales y en experiencias
prácticas dirigidas. Durante el ejercicio del ministerio, la
formación permanente es una renovación continua para mantenerse
preparados para la diversas tareas, que incluso pueden cambiar. Así se
garantiza la calidad de los catequistas, evitando el desgaste y rutina con el
pasar del tiempo. En algunos casos de especial dificultad, de cansancio,
de cambio de lugar o de ocupación, etc., la formación permanente
ayuda al catequista a madurar el criterio, y a recobrar el fervor y dinamismo
iniciales.
La
responsabilidad de la formación permanente no puede atribuirse
únicamente a los organismos centrales; corresponde también a los
interesados y a cada una de las comunidades, teniendo en cuenta las distintas
realidades de unas personas a otras y de unos lugares a otros.
Además
de reafirmar el valor de todos estos principios, es necesario fomentar el uso
de instrumentos útiles para la formación permanente. Es cierto
que se presentan obstáculos de orden económico, o debidos a la
carencia de personal cualificado, a la escasez de libros y de otro material
didáctico; a las distancias y medios de transporte inadecuados, etc. No
obstante, la formación permanente de los catequistas sigue siendo un
imperativo indiscutible. Los esfuerzos que los responsables están
realizando con este objeto deben ser respaldados. Hay que tratar de crear en
todas partes, una organización suficiente y emprender iniciativas
concretas, para que ningún catequista se vea privado de una
mejoría constante.
Entre las
iniciativas para la formación permanente, el primer lugar corresponde a
los Centros catequéticos que asisten a los antiguos alumnos al menos durante
el primer período mediante cartas circulares e individuales,
envío de material, visitas in loco de los formadores y encuentros
de revisión en los mismos centros. Los centros son los ambientes
más apropiados para organizar cursos de renovación y actualización
de catequistas, en cualquier momento de su servicio.
Las
diócesis, si no disponen de un centro al cual dirigirse, busquen otros
ambientes para llevar a cabo sus ciclos de formación permanente que, por
lo general, consisten en breves cursos, encuentros de un día, etc.,
animados por personal expresamente encargado a nivel diocesano. De modo
análogo se debe actuar en las parroquias o en los grupos de parroquias
vecinas que colaboran entre sí.
Las iniciativas
aisladas no son suficientes para la formación permanente. Se precisan
programas orgánicos que prevean una renovación cíclica
sobre los distintos aspectos de la personalidad del catequista. No basta, pues,
cuidar de la profesionalidad laboral; hay que privilegiar siempre la identidad
de la persona. Se ha de cuidar con esmero todo programa de carácter
espiritual porque esta dimensión es, sin discusión, la principal.
No se olvide
que el catequista ha de permanecer enraizado en su comunidad para recibir la
formación permanente en su propio contexto y junto con los demás
fieles. Al mismo tiempo, se debe procurar desarrollar la dimensión
universal, valorizando los encuentros entre catequistas de distintas Iglesias
particulares.
Además
de las iniciativas organizadas, la formación permanente está
confiada a los mismos interesados. Todo catequista, por tanto, deberá
hacerse cargo de su propio y continuo progreso, mediante el mayor empeño
posible, persuadido de que nadie puede reemplazarle en su responsabilidad
primaria.
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