32.
Soluciones prácticas. La retribución del catequista ha de
considerarse como cuestión de justicia y no de libre
contribución. Los catequistas, de dedicación plena o parcial,
deben ser retribuidos según normas precisas, establecidas a nivel de
diócesis y parroquia, teniendo en cuenta los recursos económicos
de la Iglesia particular, de la situación personal y familiar del
catequista, en el contexto ecónomico general del Estado. Se
reservará especial atención a los catequistas enfermos,
inválidos y ancianos.
Como en el
pasado, la CEP seguirá interesándose en promover y distribuir
aportaciones económicas para los catequistas, según las
posibilidades. Pero, insiste a la vez, en la necesidad de buscar a, toda costa,
una solución más estable del problema.
Los
presupuestos de las diócesis y de las parroquias por tanto,
deberán destinar a esta obra una cuota proporcionada de los ingresos,
siguiendo el criterio de dar la prioridad a los gastos de la formación.
También los fieles deberán hacerse cargo del mantenimiento de los
catequistas, sobre todo cuando se trata del animador de su comunidad local. La
calidad de las personas, en particular las que están comprometidas en el
apostolado directo, tienen la precedencia respecto a las estructuras. No se
destinen pues a otros fines ni se reduzcan los presupuestos destinados a los
catequistas.
Se recomienda
especialmente la ayuda económica para los centros de catequistas. Este
esfuerzo es digno de encomio y contribuirá sin duda a incrementar la
vida cristiana en un futuro próximo, porque la catequesis activa y
eficaz es la base de la formación del Pueblo de Dios.
Al mismo tiempo
deben promoverse y multiplicarse los catequistas voluntarios, que se
comprometen a una cooperación a tiempo limitado, con regularidad, pero
sin una verdadera remuneración porque tienen ya otro empleo fijo.
Esta
línea de acción es más realista cuando se trata de
comunidades eclesiales que tienen ya un cierto grado de desarrollo. Es
necesario ciertamente educar a los fieles a que consideren la vocación
del catequista como una misión, más que como un empleo de vida.
Además, será preciso reexaminar la organización y la
distribución de los catequistas.
En resumen, el
problema económico exige una solución a partir de la Iglesia
local. Todas las otras iniciativas son una buena contribución y han de
potenciarse, pero la solución radical hay que buscarla localmente,
especialmente con una acertada administración, que respete las
prioridades apostólicas, y educando a la comunidad a dar la debida
contribución económica.
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