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| Congregación para la Evangelización de los Pueblos Guia para los Catequistas IntraText CT - Texto |
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25. Celo misionero. La dimensión misionera está estrictamente vinculada a la identidad misma del catequista y caracteriza todas sus actividades apostólicas. Por eso se le debe cuidar con esmero en la formación, procurando asegurar a cada catequista una buena iniciación teórica y práctica que le capacite, como cristiano laico, a recorrer las etapas progresivas que son propias de la actividad misionera, a saber: - Estar presente activamente en la sociedad de los hombres, dando un testimonio auténtico de vida, estableciendo con todos una convivencia sincera, y colaborando en caridad para resolver los problemas comunes. - Anunciar con franqueza (cf. Hch 4,23; 28,31) la verdad acerca de Dios y de que él envió para la salvación de todos, a nuestro Señor Jesucristo (cf. 2Ts 1,9-10), de manera que los no cristianos, a los que el Espíritu Santo abra el corazón (cf. Hch 16,14), puedan creer y convertirse libremente. - Encontrar a los adeptos de otras religiones sin prejuicios, y en diálogo franco y abierto. - Preparar a los catecúmenos en el camino de iniciación gradual al misterio de la salvación, a la práctica de los preceptos evangélicos y a la vida religiosa, litúrgica y caritativa del pueblo de Dios. - Construir la comunidad, preparando a los candidatos a recibir el Bautismo y los demás sacramentos de la iniciación cristiana, para que entren a formar parte de la Iglesia de Cristo que es profética, sacerdotal y real. - Bajo la guía de los Pastores y en colaboración con los demás fieles, cumplir las tareas que, según el plan pastoral, conducen a la maduración de la Iglesia particular. Estos servicios corresponden a necesidades de cada Iglesia, y caracterizan al catequista en los territorios de misión. Por consiguiente, la actividad de formación deberá ayudar al catequista a afinar su sensibilidad misionera, y capácitarlo a descubrir y a aprovechar todas las situaciones favorables al primer anuncio. - Recordando el pensamiento ya citado de Juan Pablo II, cuando los catequistas se forman bien en el espíritu misionero se hacen animadores misioneros de su propia comunidad eclesial e impulsan fuertemente la evangelización de los no cristianos, prontos a que sus Pastores los envíen fuera de la propia Iglesia o país. Los Pastores, conscientes de su propia responsabilidad, traten de valorar al máximo esa legión insustituible de apóstoles y ayúdenles a acrecentar cada día más su celo misionero.
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