1. "Dios, admirable y siempre providente,
según tu presciencia, has dado inicio a la salvación de los
armenios".
El antiguo himno litúrgico, que canta la iniciativa de Dios en la
evangelización de vuestro noble pueblo, amadísimos hermanos y
hermanas, brota de mi corazón colmado de gratitud en este feliz
aniversario, en el que celebráis el XVII centenario del encuentro de vuestros
antepasados con el cristianismo. La Iglesia católica entera se alegra al
recordar el providencial baño bautismal, gracias al cual vuestra noble y
querida nación comenzó definitivamente a formar parte del grupo
de pueblos que han acogido la vida nueva en Cristo.
"Todos los bautizados en Cristo os habéis revestido de Cristo"
(Ga 3, 27). Estas palabras del apóstol san Pablo revelan la
singular novedad que da al cristiano el hecho de haber recibido el bautismo. En
efecto, en este sacramento el hombre es incorporado a Cristo, de forma que
puede afirmar con confianza: "Ya no soy yo quien vivo, sino que es
Cristo quien vive en mí" (Ga 2, 20).
Este encuentro personal e irrepetible regenera, santifica y transforma al ser
humano, haciéndolo un perfecto adorador de Dios y templo vivo del Espíritu
Santo. El bautismo, injertando al discípulo en la verdadera vid que es
Cristo, lo convierte en un sarmiento capaz de producir fruto. Hecho hijo en el
Hijo, llega a ser heredero de la felicidad eterna preparada desde el
origen del mundo.
Por consiguiente, todo bautismo es un acontecimiento marcado por el encuentro
de amor entre Cristo Señor y la persona humana, en el misterio de la
libertad y de la verdad. Es un acontecimiento que entraña una
dimensión eclesial, como sucede en todos los sacramentos: la
incorporación a Cristo conlleva también la incorporación a
la Iglesia, Esposa del Verbo, Madre inmaculada y afectuosa. Al respecto afirma
el apóstol san Pablo: "En un solo Espíritu hemos sido
todos bautizados, para no formar más que un cuerpo" (1 Co 12,
13).
Esta incorporación a la Iglesia resulta especialmente evidente en la
historia de algunos pueblos, para los que la conversión ha sido un hecho
comunitario, vinculado a acontecimientos o circunstancias particulares. Cuando
sucede eso, se habla de "bautismo de un pueblo".