4. Esta narración tradicional, junto con aspectos
legendarios, incluye elementos de gran significado espiritual y moral. La
predicación de la buena nueva y la conversión de Armenia se
fundan, ante todo, en la sangre de los testigos de la fe. Los sufrimientos de
Gregorio y el martirio de Hrip'sime y de sus compañeras
atestiguan que el primer bautismo de Armenia fue precisamente un bautismo de
sangre.
El martirio constituye un elemento constante en la historia de vuestro pueblo.
Su fe permanece indisolublemente unida al testimonio de la sangre derramada por
Cristo y por el Evangelio. Toda la cultura e incluso la espiritualidad de los
armenios están impregnadas de un sano orgullo por el signo supremo del
don de la vida en el martirio. Se escuchan los ecos de los gemidos por el
sufrimiento padecido en comunión con el Cordero inmolado por la
salvación del mundo. Su emblema es el sacrificio de Vardan Mamikonian
y de sus compañeros que, en la batalla de Avarayr (año
451) contra el sasánida Iazdegerd II, que quería
imponer al pueblo la religión mazdea, dieron la vida a fin de permanecer
fieles a Cristo y defender la fe de la nación. Como narra el historiador
Eliseo, en vísperas del enfrentamiento, a los soldados los exhortaron a
defender la fe con estas palabras: "Quienes creían que el
cristianismo era para nosotros como un vestido, ahora sabrán que no
podrán arrebatárnoslo, como no nos pueden quitar el color de la
piel"(2). Se trata de un testimonio elocuente del valor de esos
creyentes: morir por Cristo significaba para ellos participar en su
pasión, afirmando los derechos de la conciencia. No podía
permitirse renegar de la fe cristiana, que el pueblo consideraba como el bien
supremo.
Desde entonces episodios análogos se han repetido muchas veces, hasta
las matanzas sufridas por los armenios en los últimos años del
siglo XIX y primeros del siglo XX, que culminaron en los trágicos
acontecimientos de 1915, cuando el pueblo armenio sufrió violencias
inauditas, cuyas dolorosas consecuencias son aún visibles en la
diáspora a la que se han visto obligados muchos de sus hijos. Es un
recuerdo que no puede perderse. En diversas ocasiones, durante el siglo que
acaba de concluir, mis predecesores quisieron rendir homenaje a los cristianos
de Armenia, que perdieron la vida de forma violenta(3). Yo mismo he
querido recordar los sufrimientos padecidos por vuestro pueblo: son los
sufrimientos de los miembros del Cuerpo místico de Cristo (4).
Los acontecimientos sangrientos, además de marcar profundamente el alma
de vuestro pueblo, han modificado muchas veces incluso la geografía
humana, obligándolo a continuas migraciones en todo el mundo. Es digno
de admiración el hecho de que, dondequiera que se han establecido los
armenios, han llevado la riqueza de sus valores morales y de sus estructuras
culturales, indisolublemente unidas a las eclesiales. Los cristianos armenios,
guiados por la certeza de la ayuda divina, han sabido repetir constantemente la
oración de san Gregorio de Narek: "Si mis ojos
contemplan el espectáculo del doble riesgo en el día de la
miseria, ¡que vea tu salvación, oh próvida Esperanza! Si
dirijo mi mirada a las alturas, hacia el sendero terrible que lo abarca todo, ¡que
me salga al encuentro con dulzura tu ángel de paz!"( 5). De
hecho, la fe cristiana, incluso en los momentos más trágicos de
la historia armenia, ha sido el estímulo que ha marcado el inicio del
renacimiento del pueblo probado.
Así la Iglesia, siguiendo a sus hijos peregrinos por el mundo en
busca de paz y serenidad, ha constituido para ellos la verdadera
fuerza moral, llegando a ser, en muchos casos, la única
institución a la que podían hacer referencia, el único
centro autorizado que sostuvo sus esfuerzos e inspiró sus pensamientos.
2. Historia de Vartan y de la guerra de los armenios contra los
persas, cap. V, Venecia 1840, p. 121.
3. Cf. Benedicto XV, Discurso con ocasión del
sagrado Consistorio (6 de diciembre de 1915): AAS VII (1915) 510; Carta
a los gobernantes de los pueblos beligerantes (1 de agosto de 1917): AAS
IX (1917) 419; Pío XI, Discurso en el Consistorio para la
beatificación de los venerables Juan Bosco y Cosme de Carboniano (21 de
abril de 1929): Discorsi II, 64; carta encíclica Quinquagesimo
ante (23 de diciembre de 1929): AAS XXI (1929) 712; Pío
XII, Discurso a los fieles armenios (13 de marzo de 1946): Discorsi e
messaggi VIII, 5-6.
4. Homilía durante la liturgia divina en rito armenio (21
de noviembre de 1987), n. 3: L'Osservatore Romano, edición
en lengua española, 29 de noviembre de 1987, p. 2; Discurso en la
inauguración de la exposición Roma-Armenia (25 de marzo de 1999),
n. 2: L'Osservatore Romano, edición en lengua
española, 9 de abril de 1999, p. 5; Discurso con ocasión de la
visita de Su Santidad Karekin II (9 de noviembre de 2000): L'Osservatore
Romano, edición en lengua española, 17 de noviembre de 2000,
p. 8.
5. El libro de la lamentación, Palabra II, b, ed.
Studium 1999, pp. 164-165.