7. Mientras tienen lugar las celebraciones del XVII
centenario de la conversión de Armenia, mi pensamiento se eleva al
Señor del cielo y de la tierra, al que deseo expresar la gratitud de
toda la Iglesia por haber suscitado en el pueblo armenio una fe tan
sólida y valiente, y por haber sostenido siempre su testimonio.
De buen grado me uno a esta feliz conmemoración, para contemplar
juntamente con vosotros, amadísimos hermanos y hermanas, el innumerable
ejército de santos que ha surgido en esa tierra bendita y ahora
resplandece en la gloria del Padre. Se trata de figuras que constituyen un rico
tesoro para la Iglesia: son mártires, confesores de la fe, monjes
y monjas, hijos e hijas renacidos de la fecundidad de la palabra de Dios. Entre
esas figuras ilustres, quiero recordar aquí a san Gregorio de Narek,
que sondeó las profundidades tenebrosas de la desesperación
humana y vislumbró la luz fulgurante de la gracia, que también en
ella resplandece para el creyente, y a san Nerses Shnorhali, el
Catholicós que conjugó un extraordinario amor a su pueblo y a su
tradición con una clarividente apertura a las demás Iglesias, en
un esfuerzo ejemplar de búsqueda de la comunión en la plena
unidad.
Al pueblo armenio quiero manifestar ante todo mi gratitud por su larga historia
de fidelidad a Cristo, fidelidad que ha conocido la persecución y el
martirio. Los hijos de la Armenia cristiana han derramado su sangre por el
Señor, pero toda la Iglesia ha crecido y se ha robustecido en virtud de
su sacrificio. Si hoy Occidente puede profesar libremente su fe, se debe en
parte a los que se inmolaron, haciendo de su cuerpo una defensa para el mundo
cristiano, hasta sus últimos confines. Su muerte fue el precio de
nuestra seguridad: ahora resplandecen vestidos con vestiduras blancas y
cantan al Cordero el himno de alabanza en la felicidad del cielo (cf. Ap
7, 9-12).
El patrimonio de fe y de cultura del pueblo armenio ha enriquecido a la
humanidad con tesoros de arte e ingenio, que ahora se hallan esparcidos por
todo el mundo. Mil setecientos años de evangelización hacen de
esa tierra una de las cunas de la civilización cristiana hacia la que se
dirige, con gran admiración, la veneración de todos los
discípulos del Maestro divino.
Los armenios, embajadores de paz y laboriosidad, han recorrido el mundo y, con
el duro trabajo de sus manos, han dado una valiosa contribución para
transformarlo y hacerlo más cercano al proyecto de amor del Padre. El
pueblo cristiano se alegra de su presencia generosa y fiel, y les desea que
encuentren siempre simpatía y comprensión en todo el mundo.