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| Ioannes Paulus PP. II Carta sobre Peregrinación: texto, concordancias y listas de frecuencia completes IntraText CT - Texto |
3. En relación con esta tendencia religiosa general, la Biblia ofrece un mensaje específico, situando el tema del « espacio sagrado » en el horizonte de la historia de la salvación. Por una parte, advierte sobre los peligros inherentes a la definición de dicho espacio, cuando ésta se hace en la perspectiva de una divinización de la naturaleza —a este propósito, se ha de recordar la fuerte polémica antiidolátrica de los profetas en nombre de la fidelidad a Yahveh, Dios del Éxodo— y, por otra, no excluye un uso cultual del espacio, en la medida en que esto expresa plenamente la intervención específica de Dios en la historia de Israel. El espacio sagrado se ve así progresivamente « concentrado » en el templo de Jerusalén, donde el Dios de Israel quiere ser venerado y, en cierto sentido, encontrado. Hacia el templo se dirigen los ojos del peregrino de Israel y grande es su alegría cuando llega al lugar donde Dios ha puesto su morada: « ¡Qué alegría cuando me dijeron: “vamos a la casa del Señor”! Ya están pisando nuestros pies tus umbrales, Jerusalén » (Sal 121122, 1-2).
En el Nuevo Testamento, esta « concentración » del espacio sagrado alcanza su punto culminante en Cristo, que se convierte ahora en el nuevo « templo » (cf. Jn 2, 21), en el que habita la « plenitud de la divinidad » (Col 2, 9). Con su venida el culto está llamado a superar radicalmente los templos materiales para llegar a ser un culto « en espíritu y verdad » (Jn 4, 24). Asimismo, en Cristo, también la Iglesia es considerada « templo » por el Nuevo Testamento (cf. 1 Co 3, 17), como lo es incluso cada discípulo de Cristo, en cuanto habitado por el Espíritu Santo (cf. 1 Co 6, 19; Rm 8, 11). Evidentemente, como demuestra la historia de la Iglesia, todo esto no excluye que los cristianos puedan tener lugares de culto; es necesario, sin embargo, que no se olvide su carácter funcional respecto a la vida cultual y fraterna de la comunidad, sabiendo que la presencia de Dios, por su naturaleza, no puede ser circunscrita a ningún lugar, puesto que los impregna todos, teniendo en Cristo la plenitud de su expresión y de su irradiación.
El misterio de la Encarnación, por tanto, transforma la experiencia universal del « espacio sagrado », restringiéndola por un lado y, por otra, resaltando su importancia en nuevos términos. En efecto, la referencia al espacio está implicada en el mismo « hacerse carne » del Verbo (cf. Jn 1, 14). Dios ha asumido en Jesús de Nazaret las características propias de la naturaleza humana, incluida la ineludible pertenencia del hombre a un pueblo concreto y a una tierra determinada. « Hic de Virgine Maria Iesus Christus natus est ». Esta expresión colocada en Belén, precisamente en el lugar en que, según la tradición, nació Jesús, adquiere una peculiar resonancia: « Aquí, de la Virgen María, nació Jesucristo ». La concreción física de la tierra y de su emplazamiento geográfico está unida a la verdad de la carne humana asumida por el Verbo.