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Ioannes Paulus PP. II
Carta sobre Peregrinación: texto, concordancias y listas de frecuencia completes

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4. Por eso, en la perspectiva del año bimilenario de la Encarnación, siento un deseo muy grande de ir personalmente a orar a los principales lugares que, desde el Antiguo al Nuevo Testamento, han conocido las intervenciones de Dios, hasta llegar a la cima del misterio de la Encarnación y de la Pascua de Cristo. Estos lugares están ya indeleblemente grabados en mi memoria, desde que en 1965 tuve la oportunidad de visitar Tierra Santa. Fue una experiencia inolvidable. Aún hoy hojeo de buena gana las emotivas páginas que escribí entonces. « Llego a estos lugares que Tú has llenado de ti de una vez para siempre... ¡Oh, lugar! ¡Cuántas veces, cuántas veces te has trasformado antes de que de suyo, se hiciera también mío! Cuando Él te llenó la primera vez, no eras aún ningún lugar exterior; eras sólo el seno de su Madre. ¡Oh! saber que las piedras sobre las que caminó en Nazaret son las mismas que su pie tocaba cuando Ella era aún tu lugar, el único en el mundo. ¡Encontrarte a través de una piedra que fue tocada por el pie de tu Madre! ¡Oh lugar, lugar de Tierra Santa, qué espacio ocupas en mi! Por eso no puedo pisarte con mis pasos; debo arrodillarme. Y así dejar constancia de que has sido para mí un lugar de encuentro. Yo me arrodillo y pongo así mi huella. Quedarás aquí con mi huella —quedarás, quedarás— y yo te llevaré conmigo, te transformaré dentro de mí en un lugar de nuevo testimonio. Yo me voy como un testigo que dará testimonio de ti a través de los milenios » (Karol Wojtyla, Poezje. Poems, Wydawnictwo Literackie, Cracovia 1998, p. 169).

Cuando escribía estas palabras, hace más de treinta años, no podía imaginar que el testimonio al que entonces me comprometía lo habría dado hoy como Sucesor de Pedro, puesto al servicio de toda la Iglesia. Es un testimonio que me inserta en una larga cadena de personas que desde hace dos mil años han ido en busca de las « huellas » de Dios en aquella tierra, justamente llamada « santa », como recorriéndolas en las piedras, en los montes y las aguas que hicieron de escenario a la vida terrena del Hijo de Dios. Ya desde la antigüedad es conocido el diario de viaje de la peregrina Egeria. ¡Cuántos peregrinos, cuántos santos han seguido su itinerario a lo largo de los siglos! Aún cuando las circunstancias históricas perturbaron el carácter esencialmente pacífico de la peregrinación a Tierra Santa, dándole una fisionomía que, más allá de las intenciones, concuerda bien poco con la imagen del Crucificado, los cristianos más sensatos intentaban sólo encontrar en aquella tierra el recuerdo vivo de Cristo. Quiso la Providencia que, junto con los hermanos de las Iglesias orientales, fueran sobre todo los hijos de Francisco de Asís, santo de la pobreza, de la mansedumbre y de la paz, los que, de parte de la cristiandad de occidente, interpretaran en modo genuinamente evangélico el legítimo deseo cristiano de custodiar los lugares en los que están nuestras raíces espirituales.




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