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| Ioannes Paulus PP. II Carta sobre Peregrinación: texto, concordancias y listas de frecuencia completes IntraText CT - Texto |
5. Con este espíritu tengo intención de recorrer, si Dios quiere, con ocasión del Gran Jubileo del 2000, las huellas de la historia de la salvación en la tierra en la que ésta se ha desarrollado.
El punto de partida serán algunos lugares destacados del Antiguo Testamento. Con ello deseo manifestar la conciencia que tiene la Iglesia de su permanente vínculo con el antiguo pueblo de la alianza. Abraham es también para nosotros « padre de la fe » por antonomasia (cf. Rm 4; Ga 3, 6-9; Hb 11, 8-19). En el Evangelio de Juan se leen las palabras que Cristo pronunció un día sobre él: « Abraham se regocijó pensando en ver mi día; lo vio y se alegró » (8, 56).
Precisamente a Abraham se refiere la primera etapa del viaje que planeo en mis deseos. En efecto, me gustaría, si ésta es la voluntad de Dios, ir a Ur de los Caldeos, la actual Tal al Muqayyar, en el sur de Irak, ciudad donde, según la narración bíblica, Abraham oyó la palabra del Señor que lo arrancaba de su tierra, de su pueblo, y en cierto modo de sí mismo, para hacer de él el instrumento de un designio de salvación que abarcaba el futuro del pueblo de la alianza e, incluso, todos los pueblos del mundo: « Yahveh dijo a Abram: “Vete de tu tierra, y de tu patria, y de la casa de tu padre, a la tierra que yo te mostraré. De ti haré una nación grande y te bendeciré. Engrandeceré tu nombre; y sé tú una bendición [...]. Por ti se bendecirán todos los linajes de la tierra” » (Gn 12, 1-3). Con estas palabras comienza el gran camino del Pueblo de Dios. En Abraham ponen sus ojos no solamente los que se precian de ser descendencia física suya, sino también cuantos —y son innumerables— se consideran su descendencia « espiritual », porque comparten con él la fe y el abandono sin reservas a la iniciativa salvífica del Omnipotente.