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Ioannes Paulus PP. II
Carta sobre Peregrinación: texto, concordancias y listas de frecuencia completes

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6. Las vicisitudes del pueblo de Abraham se desarrollaron durante centenares de años en muchos lugares del próximo Oriente. Pero han quedado como centrales los acontecimientos del Éxodo, cuando el pueblo de Israel, tras una dura experiencia de esclavitud, se puso en marcha bajo la guía de Moisés hacia la Tierra de su libertad. Aquel camino estuvo marcado por tres momentos, vinculados a lugares montañosos llenos de misterio. En la fase preliminar destaca, ante todo, el monte Oreb, otra denominación bíblica del Sinaí, donde Moisés tuvo la revelación del nombre de Dios, signo de su misterio y de su eficaz presencia salvífica: « Yo soy el que soy » (Ex 3, 14). También a Moisés, al igual que a Abraham, se le pedía confiar en el designio de Dios y ponerse a la cabeza de su pueblo. Comenzaron así los dramáticos acontecimientos de la liberación, que permanecerían en la memoria de Israel como una experiencia basilar para su fe.

Durante el camino por el desierto, también el Sinaí fue el escenario en el que se estipuló la alianza entre Yahveh y su pueblo. Este monte queda así unido al don del Decálogo, las « diez palabras » que comprometían a Israel a una vida de total adhesión a la voluntad de Dios. Estas « palabras », en realidad, expresaban los pilares de la ley moral de carácter universal escrita en el corazón de cada hombre, pero que a Israel le fueron consignadas en el marco de un pacto recíproco de fidelidad, con el cual el pueblo se comprometía a amar a Dios, recordando las maravillas realizadas por Él en el Éxodo, mientras que Dios garantizaba su perenne benevolencia: « Yo, Yahveh, soy tu Dios, que te he sacado del país de Egipto, de la casa de servidumbre » (Ex 20, 2). Dios y el pueblo se comprometían recíprocamente. Si en la visión de la zarza ardiente el Oreb, el lugar del « nombre » y del « proyecto » de Dios, había sido sobre todo el « monte de la fe », ahora, para el pueblo peregrino en el desierto, se convierte en el lugar del encuentro y del pacto recíproco, en cierto sentido el « monte del amor ». Cuántas veces, a lo largo de los siglos, denunciando la infidelidad del pueblo a la alianza, los profetas la han descrito como una especie de infidelidad « conyugal », una propia y verdadera traición del pueblo-esposa respecto a Dios, su esposo (cf. Jr 2, 2; Ez 16, 1-43).

Al final del camino del Éxodo se yergue otra cumbre, el monte Nebo, desde el que Moisés pudo contemplar la Tierra prometida (cf. Dt 32, 49), sin el gozo de estar en ella, pero con la certeza de haberla alcanzado finalmente. Su mirada desde el Nebo es el símbolo mismo de la esperanza. Desde aquel monte, pudo constatar que Dios había mantenido sus promesas. Una vez más, sin embargo, debía abandonarse confiadamente a la omnipotencia divina para el cumplimiento definitivo del designio preanunciado.

Probablemente no me será posible detenerme en todos estos lugares durante mi peregrinación. Pero desearía al menos, si Dios quiere, visitar Ur, lugar de los orígenes de Abraham, y hacer después una etapa en el célebre Monasterio de Santa Catalina, en el Sinaí, el monte de la Alianza que resume en cierto modo todo el misterio del Éxodo, paradigma perenne del nuevo Éxodo que tendrá su pleno cumplimiento en el Gólgota.




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