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Ioannes Paulus PP. II
Carta sobre Peregrinación: texto, concordancias y listas de frecuencia completes

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7. Si éstos y otros itinerarios similares del Antiguo Testamento son tan ricos de significado para nosotros, es obvio que el Año jubilar, conmemoración solemne de la encarnación del Verbo, nos invita a detenernos sobre todo en los lugares en los que se desarrolló la vida de Jesús.

Muy intenso es mi deseo de ir ante todo a Nazaret, ciudad unida al momento mismo de la Encarnación y tierra en la que Jesús creció « en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres » (Lc 2, 52). Aquí se oyó el saludo del Angel a María: « Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo » (Lc 1, 28). Aquí pronunció Ella su fiat al anuncio que la llamaba a ser madre del Salvador y, por obra del Espíritu Santo, seno acogedor para el Hijo de Dios.

Y, ¿cómo no acercarme a Belén, donde Cristo vio la luz, donde los pastores y los Magos dieron voz a la adoración de toda la humanidad? En Belén se oyó también, por vez primera, aquel anuncio de paz que, proclamado por los Ángeles, continuaría resonando de generación en generación hasta nuestros días.

Jerusalén, el lugar de la muerte en cruz y de la resurrección del Señor Jesús, será una etapa particularmente significativa.

Ciertamente, los lugares que evocan la vida terrena del Salvador son mucho más numerosos y hay tantos que merecerían ser visitados. ¿Cómo olvidar, por ejemplo, el monte de las Bienaventuranzas, el monte de la Transfiguración o Cesarea de Filipo, región en la cual Jesús confió a Pedro las llaves del Reino de los cielos, constituyéndole fundamento de su Iglesia (cf. Mt 16, 13-19)? Se puede decir que en Tierra Santa, de norte a sur, todo recuerda a Cristo. Pero deberé contentarme con los lugares más representativos y Jerusalén, en cierto modo, los resume todos. Aquí, si Dios quiere, tengo intención de sumirme en oración, llevando en el corazón a toda la Iglesia. Aquí contemplaré los lugares en los que Cristo ha dado su vida y la ha recuperado después en la resurrección, haciéndose don de su Espíritu. Aquí quisiera gritar una vez más la inmensa y consoladora certeza de que « tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna » (Jn 3, 16).




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