3. Estamos convencidos de que la gran herencia que el
jubileo nos brinda como don y responsabilidad es renovar, con íntima
convicción y creciente confianza, nuestra confesión de fe en Jesucristo,
Hijo de Dios hecho hombre, crucificado y resucitado, único y universal Salvador
del mundo.
Por esto, acogemos con alegría y volvemos a proponer a todos la consigna de
seguir teniendo fija la mirada en Cristo y contemplar su rostro a través
de la familiaridad con la palabra de Dios, la oración asidua y la comunión
personal con él, la participación en la Eucaristía sobre todo en el día del
Señor, la acogida de la misericordia del Padre en el sacramento de la reconciliación,
con un compromiso valiente de caminar hacia la unidad, sentido y destino de
todo hombre, y manantial y fuerza de la actividad pastoral de la Iglesia. Así la experiencia jubilar podrá animar y
orientar la vida de los creyentes, aceptando la primacía absoluta de la gracia.
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