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La contribución de la Iglesia:
perdón y reconciliación
En este marco, podemos preguntarnos cuál ha de ser la contribución
específica que la Iglesia católica está llamada a dar,
no sólo a la actual Conferencia de Durban, sino también,
más en general, a la lucha contra el racismo, la discriminación
racial, la xenofobia y la intolerancia.
La primera respuesta, obligada, es que, dado que del
corazón del hombre nacen los asesinatos, las maldades, la envidia,
la soberbia y la insensatez (cf. Mc 7, 21), en este nivel es donde la
contribución de la Iglesia católica, con sus constantes llamadas
a la conversión personal, es más importante e insustituible.
En efecto, es preciso ante todo dirigirse al corazón del hombre, porque
es el primero que necesita purificarse para que no reinen en él ni el
miedo ni el espíritu de dominio, sino la apertura a los demás, la
fraternidad y la solidaridad. De ahí el papel fundamental de las
religiones y, en particular, de la fe cristiana, que enseña la dignidad
de todo ser humano y la unidad del género humano. Y, si la guerra o
situaciones graves convirtieran a otros hombres en enemigos, el primer
mandamiento cristiano, y el más radical, es precisamente el del amor al
enemigo y responder al mal con el bien.
Al cristiano no se le permite tener propósitos o comportamientos
racistas o discriminatorios, aunque, por desgracia, esto no siempre se vive en
la práctica, y no siempre se ha cumplido a lo largo de la historia. A
este respecto, el Papa Juan Pablo II quiso que el Año jubilar 2000 se
caracterizara por repetidas peticiones de perdón en nombre de la
Iglesia, a fin de que la memoria de la Iglesia fuera purificada de todas las
"formas de antitestimonio y de escándalo" (Tertio millennio
adveniente, 33) que se sucedieron en el decurso del milenio pasado.
En efecto, en ciertas situaciones acontece que el mal sobrevive a quien lo ha
realizado, a través de las consecuencias de los comportamientos, y estos
últimos pueden convertirse en pesadas cargas que gravan sobre la
conciencia y la memoria de los descendientes. Entonces resulta necesaria una purificación
de la memoria: "Purificar la memoria significa eliminar de la
conciencia personal y común todas las formas de resentimiento y de
violencia que la herencia del pasado haya dejado, sobre la base de un juicio
histórico-teológico nuevo y riguroso, que funda un posterior
comportamiento moral renovado (...), con vistas al crecimiento de la
reconciliación en la verdad, en la justicia y en la caridad entre los
seres humanos y, en particular, entre la Iglesia y las diversas comunidades
religiosas, culturales o civiles con las que entra en relación"
(Comisión teológica internacional, Memoria
y reconciliación: la Iglesia y las culpas del pasado, n.
1).
La petición de perdón afecta en primer lugar a la vida de los
cristianos que forman parte de la Iglesia; sin embargo, "es
legítimo esperar que los responsables políticos y los pueblos,
sobre todo los que se hallan implicados en conflictos dramáticos,
alimentados por el odio y el recuerdo de heridas a menudo antiguas, se dejen
guiar por el espíritu de perdón y reconciliación
testimoniado por la Iglesia, y se esfuercen por resolver sus contrastes
mediante un diálogo leal y abierto" (Juan Pablo II, Discurso a
los participantes en un congreso internacional sobre la Inquisición,
31 de octubre de 1998, n. 5: L'Osservatore Romano, edición
en lengua española, 6 de noviembre de 1998, p. 2).
El perdón, acto de amor gratuito, tiene sus exigencias: es
necesario reconocer el mal que se ha realizado y, en la medida de las
posibilidades, remediarlo. Por consiguiente, la primera exigencia es el respeto
a la verdad. En efecto, la mentira, la deslealtad, la corrupción,
la manipulación ideológica o política hacen imposible
entablar relaciones sociales pacíficas. De ahí la importancia de
procesos que permitan establecer la verdad, procesos necesarios pero delicados,
pues la investigación de la verdad corre el peligro de transformarse en
sed de venganza.