El primer anuncio de Cristo Salvador
44. EL anuncio tiene la prioridad
permanente en la misión: la Iglesia no puede substraerse al mandato explícito
de Cristo; no puede privar a los hombres de la « Buena Nueva » de que son
amados y salvados por Dios. « La evangelización también debe contener siempre
—como base, centro y a la vez culmen de su dinamismo— una clara proclamación de
que en Jesucristo, se ofrece la salvación a todos los hombres, como don de la
gracia y de la misericordia de Dios ».72 Todas las formas de la
actividad misionera están orientadas hacia esta proclamación que revela e
introduce el misterio escondido en los siglos y revelado en Cristo (cf. Ef 3, 3-9; Col 1, 25-29), el cual es el centro de la misión y de la vida de
la Iglesia, como base de toda la evangelización.
En la compleja realidad de la misión, el primer anuncio
tiene una función central e insustituible, porque introduce « en el misterio
del amor de Dios, quien lo llama a iniciar una comunicación personal con él en
Cristo »73 y abre la vía para la conversión. La fe nace del anuncio, y
toda comunidad eclesial tiene su origen y vida en la respuesta de cada fiel a
este anuncio.74 Como la economía salvífica está centrada en Cristo, así
la actividad misionera tiende a la proclamación de su misterio.
EL anuncio tiene por objeto a Cristo crucificado, muerto y
resucitado: en él se realiza la plena y auténtica liberación del mal, del
pecado y de la muerte; por él, Dios da la « nueva vida », divina y eterna. Esta es la « Buena Nueva » que cambia al
hombre y la historia de la humanidad, y que todos los pueblos tienen el derecho
a conocer. Este anuncio se hace en el contexto de la vida del hombre y de los
pueblos que lo reciben. Debe hacerse además con una actitud de amor y de estima
hacia quien escucha, con un lenguaje concreto y adaptado a las circunstancias.
En este anuncio el Espíritu actúa e instaura una comunión entre el misionero y
los oyentes, posible en la medida en que uno y otros entran en comunión, por
Cristo, con el Padre.75
45. Al hacerse en unión con toda la
comunidad eclesial, el anuncio nunca es un hecho personal. El misionero está
presente y actúa en virtud de un mandato recibido y, aunque se encuentre solo ,
está unido por vínculos invisibles, pero profundos, a la actividad
evangelizadora de toda la Iglesia.76 Los oyentes, pronto o más tarde,
vislumbran a través de él la comunidad que lo ha enviado y lo sostiene.
El anuncio está animado por la fe, que suscita entusiasmo y
fervor en el misionero. Como ya se ha dicho, los Hechos de los Apóstoles expresan esta actitud con la palabra parresía, que significa hablar con
franqueza y valentía; este término se encuentra también en san Pablo: «
Confiados en nuestro Dios, tuvimos la valentía de predicaros el Evangelio de
Dios entre frecuentes luchas » (1 Tes 2,
2). « Orando ... también por mí, para que me sea dada la Palabra al abrir mi
boca y pueda dar a conocer con valentía el misterio del Evangelio, del cual soy
embajador entre cadenas, y pueda hablar de él valientemente como conviene » (Ef 6, 19-20).
Al anunciar a Cristo a los no cristianos, el misionero está
convencido de que existe ya en las personas y en los pueblos, por la acción del
Espíritu, una espera, aunque sea inconsciente, por conocer la verdad sobre
Dios, sobre el hombre, sobre el camino que lleva a la liberación del pecado y
de la muerte. El entusiasmo por anunciar a Cristo deriva de la convicción de
responder a esta esperanza, de modo que el misionero no se desalienta ni
desiste de su testimonio, incluso cuando es llamado a manifestar su fe en un
ambiente hostil o indiferente. Sabe que el Espíritu del Padre habla en él (cf. Mt 10, 17-20; Lc 12, 11-12) y puede repetir con los Apóstoles: « Nosotros somos
testigos de estas cosas, y también el Espíritu Santo » (Act 5, 32). Sabe que no anuncia una verdad humana, sino la «
Palabra de Dios », la cual tiene una fuerza intrínseca y misteriosa (cf. Rom 1, 16).
La prueba suprema es el don de la vida, hasta aceptar la
muerte para testimoniar la fe en Jesucristo. Como siempre en la historia
cristiana, los « mártires », es decir, los testigos, son numerosos e
indispensables para el camino del Evangelio. También en nuestra época hay
muchos: obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas, así como laicos; a veces
héroes desconocidos que dan la vida como testimonio de la fe. Ellos son los anunciadores y los testigos por
excelencia.
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