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Necesidad de la
alegría en el corazón de todos los hombres
No se podría exaltar de
manera conveniente la alegría cristiana permaneciendo insensible al
testimonio exterior e interior que Dios Creador da de sí mismo en el
seno de la creación: "Y Dios vio que era bueno". Poniendo al
hombre en medio del universo, que es obra de su poder, de su sabiduría,
de su amor, Dios dispone la inteligencia y el corazón de su criatura
-aun antes de manifestarse personalmente mediante la revelación- al
encuentro de la alegría y a la vez de la verdad. Hay que estar pues
atento a la llamada que bota del corazón humano, desde la infancia hasta
la ancianidad, como un presentimiento del misterio divino.
Al dirigir la mirado sobre el
mundo ¿no experimenta el hombre un deseo natural de comprenderlo y
dominarlo con su inteligencia, a la vez que aspira a lograr su
realización y felicidad? Como es sabido, existen diversos grados en esta
"felicidad". Su expresión más noble es la
alegría o "felicidad" en sentido estricto, cuando el hombre, a
nivel de sus facultades superiores, encuentra su satisfacción en la
posesión de un bien conocido y amado.
De esta manera el hombre
experimenta la alegría cuando se halla en armonía con la
naturaleza y sobre todo la experimenta en el encuentro, la participación
y la comunión con los demás. Con mayor razón conoce la
alegría y felicidad espirituales cuando su espíritu entra en
posesión de Dios, conocido y amado como bien supremo e inmutable.
Poetas, artistas, pensadores, hombres y mujeres simplemente disponibles a una
cierta luz interior, pudieron, antes de la venida de Cristo, y pueden en
nuestros días, experimentar de alguna manera la alegría de Dios.
Pero ¿cómo no ver a
la vez que la alegría es siempre imperfecta, frágil, quebradiza?
Por una extraña paradoja, la misma conciencia de lo que constituye,
más allá de todos los placeres transitorios, la verdadera
felicidad, incluye también la certeza de que no hay dicha perfecta. La
experiencia de la finitud, que cada generación vive por su cuenta,
obliga a constatar y a sondear la distancia inmensa que separa la realidad del
deseo de infinito.
Esta paradoja y esta dificultad
de alcanzar la alegría parecen a nosotros especialmente agudas en
nuestros días. Y esta es la razón de nuestro mensaje. La sociedad
tecnológica ha logrado multiplicar las ocasiones de placer, pero
encuentra muy difícil engendrar la alegría. Porque la
alegría tienen otro origen. Es espiritual. El dinero, el confort, la
higiene, la seguridad material no faltan con frecuencia; sin embargo, el tedio,
la aflicción, la tristeza forman parte, por desgracia, de la vida de
muchos.
Esto llega a veces hasta la
angustia y la desesperación que ni la aparente despreocupación ni
el frenesí del gozo presente o los paraísos artificiales logran
evitar. ¿Será que nos sentimos impotentes para dominar el
progreso industrial y planificar la sociedad de una manera humana?
¿Será que el porvenir aparece demasiado incierto y la vida humana
demasiado amenazada? ¿O no se trata más bien de soledad, de sed
de amor y de compañía no satisfecha, de un vacío mal
definido?.
Por el contrario, en muchas
regiones, y a veces bien cerca de nosotros, el cúmulo de sufrimientos
físicos y morales se hace oprímete: ¡tantos hambrientos,
tantas víctimas de combates estériles, tantos desplazados! Estas
miserias no son quizá más graves que las del pasado, pero toman
una dimensión planetaria; son mejor conocidas, al ser difundidas por los
medios de comunicación social, al manos tanto cuanto las experiencias de
felicidad; ellas abruman las conciencias, sin que con frecuencia pueda verse
una solución humana adecuada.
Sin embargo, esta
situación no debería impedirnos hablar de la alegría,
esperar la alegría. Es precisamente en medio de sus dificultades cuando
nuestros contemporáneos tienen necesidad de conocer la alegría,
de escuchar su canto. Nos compartimos profundamente la pena de aquellos sobre
quienes la miseria y los sufrimientos de toda clase arrojan un velo de
tristeza. Pensamos de modo especial en aquellos que se encuentran sin recursos,
sin ayuda, sin amistad, que ven sus esperanzas humanas desvanecidas. Ellos
están presentes más que nunca en nuestras oraciones y en nuestro
afecto.
Nos no queremos abrumar a nadie.
Antes al contrario, buscamos los remedios que sean capaces de aportar luz. A
nuestro parecer tales remedios son de tres clases.
Los hombres evidentemente
deberán unir sus esfuerzos para procurar al menos un mínimo de
alivio, de bienestar, de seguridad, de justicia, necesarios para la felicidad
de las numerosas poblaciones que carecen de ella. Tal acción solidaria
es ya obra de Dios; y corresponde al mandamiento de Cristo. Ella procura la
paz, restituye la esperanza, fortalece la comunión, dispone a la
alegría para quien da y para quien recibe, porque hay más gozo en
dar que en recibir.
¡Cuántas veces os
hemos invitado, Hermanos e hijos amadísimos, a preparar con ardor u a
tierra más habitable y más fraternal; a realizar sin tardanza la
justicia y la caridad para un desarrollo integral de todos! La
Constitución conciliar Gaudium et spes, y otros numerosos documentos
pontificios han insistido con razón sobre este punto. Aun cuando no es
este el tema que Nos abordamos en el presente documento, no puede olvidarse el
deber primordial de amor al prójimo sin el cual sería poco oportuno
hablar de alegría.
Sería también
necesario un esfuerzo paciente para aprender a gustar simplemente las
múltiples alegrías humanas que el Creador pone en nuestro camino:
la alegría exaltante de la existencia y de la vida; la alegría
del amor honesto y santificado; la alegría tranquilizadora de la
naturaleza y del silencio; la alegría a veces austera del trabajo
esmerado; la alegría y satisfacción del deber cumplido; la
alegría transparente de la pureza, del servicio, del saber compartir; la
alegría exigente del sacrificio. El cristiano podrá purificarlas,
completarlas, sublimarlas: no puede despreciarlas. La alegría cristiana
supone un hombre capaz de alegrías naturales. Frecuentemente, ha sido a
partir de éstas como Cristo ha anunciado el Reino de los Cielos.
Pero el tema de la presente
Exhortación se sitúa más allá. Porque el problema
nos parece de orden espiritual sobre todo. Es el hombre, en su alma, el que se
encuentra sin recursos para asumir los sufrimientos y las miserias de nuestro
tiempo. Estas le abruman; tanto más cuanto que a veces no acierta a
comprender el sentido de la vida; que no está seguro de sí mismo,
de su vocación y destino trascendentes. El ha desacralizado el universo
y, ahora, la humanidad; ha cortado a veces el lazo vital que lo unía a
Dios. El valor de las cosas, la esperanza, no están suficientemente
asegurados. Dios le parece abstracto, inútil: sin que lo sepa expresar,
le pesa el silencio de Dios. Sí, el frío y las tinieblas
están en primer lugar en el corazón del hombre que siente la
tristeza.
Se puede hablar aquí de la
tristeza de los no creyentes, cuando el espíritu humano, creado a imagen
y semejanza de Dios, y por tanto orientado instintivamente hacia él como
hacia su Bien supremo y único, queda sin conocerlo claramente, sin
amarlo, y por tanto sin experimentar la alegría que aporta el
conocimiento, aunque sea imperfecto, de Dios y sin la certeza de tener con El
un vínculo que ni la misma muerte puede romper. ¿Quién no
recuerda las palabras de San Agustín: "Nos hiciste, Señor,
para Ti y nuestro corazón está inquieto hasta que repose en Ti?.
El hombre puede verdaderamente
entrar en la alegría acercándose a Dios y apartándose del
pecado. Sin duda alguna "la carne y la sangre" son incapaces de
conseguirlo. Pero la Revelación puede abrir esta perspectiva y la gracia
puede operar esta conversión. Nuestra intención es precisamente
invitaros a las fuentes de la alegría cristiana. ¿Cómo
podríamos hacerlo sin ponernos nosotros mismos frente al designio de
Dios y a la escucha de la Buena Nueva de su Amor?.
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