|
Anuncio de la
alegría cristiana en el Antiguo Testamento
La alegría cristiana es
por esencia una participación espiritual de la alegría
insondable, a la vez divina y humana, del Corazón de Jesucristo
glorificado. Tan pronto como Dios Padre empieza a manifestar en la historia el
designio amoroso que El había formado en Jesucristo, para realizarlo en
la plenitud de los tiempos, esta alegría se anuncia misteriosamente en
medio al Pueblo de Dios, aunque su identidad no es todavía desvelada.
Así Abrahán,
nuestro Padres, elegido con miras al cumplimiento futuro de la Promesa, y
esperando contra toda esperanza, recibe, en el nacimiento de su hijo Isaac, las
primicias proféticas de esta alegría. Tal alegría se
encuentra como transfigurada a través de una prueba de muerte, cuando su
hijo único le es devuelto vivo, prefiguración de la
resurrección de Aquel que ha de venir: el Hijo único de Dios,
prometido para un sacrificio redentor. Abrahán exultó ante el
pensamiento de ver el Día de Cristo, el Día de la
salvación: él "lo vio y se alegró".
La alegría de la
salvación se amplía y se comunica luego a lo largo de la historia
profética del antiguo Israel. Ella se mantiene y renace
indefectiblemente a través de pruebas trágicas debidas a las
infidelidades culpables del pueblo elegido y a las persecuciones exteriores que
buscaban separarlo de su Dios. Esta alegría siempre amenazada y
renaciente, es propia del pueblo nacido de Abrahán.
Se trata siempre de un
experiencia exaltante de liberación y restauración -al menos
anunciadas-que tienen su origen en el amor misericordioso de Dios para con su
pueblo elegido, en cuyo favor El cumple, por pura gracia y poder milagrosos,
las promesas de la Alianza. Tal es la alegría de la Promesa mosaica, la
cual es como figura de la liberación escatológica que
sería realizada por Jesucristo en el contexto pascual de la nueva y
eterna Alianza. Se trata también de la alegría actual, cantada
tantas veces en los salmos: la de vivir con Dios y para Dios. Se trata
finalmente y sobre todo, de la alegría gloriosa y sobrenatural,
profetizada en favor de la nueva Jerusalén, rescatada del destierro y
amada místicamente por Dios.
El sentido último de este
desbordamiento inusitado del amor redentor no aparecerá sino en la hora
de la nueva Pascua y del nuevo Éxodo. Entonces el Pueblo de Dios
será conducido, por medio de la muerte y resurrección de su
Siervo doliente, de este mundo al Padre; de la Jerusalén figurativa de
aquí abajo a la Jerusalén de lo alto: "Cuando tú
estés abandonada, dolida y descuidada, yo te haré objeto de
orgullo perennemente y motivo de alegría de edad en edad... Como un
joven toma por esposa a una virgen, así tu autor te desposará, y
como un marido se alegra de su esposa, tu Dios se alegrará de ti"
|