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La alegría
según el Nuevo Testamento
Estas maravillosas promesas han
sostenido, a lo largo de los siglos y en medio de las más terribles
pruebas, la esperanza mística del antiguo Israel. Este a su vez las ha
transmitido a la Iglesia de Cristo; de manera que le somos deudores de algunos
de los más puros acentos de nuestro canto de alegría. Y sin
embargo, a la luz de la fe y de la experiencia cristiana del Espíritu,
esta paz que es un don de Dios y que va en constante aumento como un torrente
arrollador, hasta tanto que llega el tiempo de la
"consolación", está vinculada a la venida y a la
presencia de Cristo.
Nadie queda excluido de la
alegría reportada por el Señor. El gran gozo anunciado por el
Ángel, la noche de Navidad, lo será de verdad para todo el pueblo,
tanto para el de Israel que esperaba con ansia un Salvador, como para el pueblo
innumerable de todos aquellos que, en el correr de los tiempos, acogerán
su mensaje y se esforzarán por vivirlo. Fue la Virgen María la
primera en recibir el anuncio del ángel Gabriel y su Magnificat era ya
el himno de exultación de todos los humildes.
Los misterios gozosos nos
sitúan así, cada vez que recitamos el Rosario, ante el
acontecimiento inefable, centro y culmen de la historia: la venida a la tierra
del Emmanuel, Dios con nosotros. Juan Bautista, cuya misión es la de
mostrarlo a Israel, había saltado de gozo en su presencia, cuando
aún estaba en el seno de su madre. Cuando Jesús da comienzo a su
ministerio, Juan "se llena de alegría por la voz del Esposo".
Hagamos ahora un alto para
contemplar la persona de Jesús, en el curso de su vida terrena. El ha
experimentado en su humanidad todas nuestras alegrías. El,
palpablemente, ha conocido, apreciado, ensalzado toda una gama de
alegrías humanas, de esas alegrías sencillas y cotidianas que
están al alcance de todos. La profundidad de su vida interior no ha
desvirtuado la claridad de su mirada, ni su sensibilidad.
Admira los pajarillos del cielo y
los lirios del campo. Su mirada abarca en un instante cuanto se ofrecía
a la mirada de Dios sobre la creación en el alba de la historia. El
exalta de buena gana la alegría del sembrador y del segador; la del
hombre que halla un tesoro escondido; la del pastor que encuentra la oveja
perdida o de la mujer que halla la dracma; la alegría de los invitados
al banquete, la alegría de las bodas; la alegría del padre cuando
recibe a su hijo, al retorno de una vida de pródigo; la de la mujer que
acaba de dar a luz un niño.
Estas alegrías humanas
tienen para Jesús tanta mayor consistencia en cuanto son para él
signos de las alegrías espirituales del Reino de Dios: alegría de
los hombres que entran en este Reino, vuelven a él o trabajan en
él, alegría del Padre que los recibe. Por su parte, el mismo
Jesús manifiesta su satisfacción y su ternura, cuando se
encuentra con los niños deseosos de acercarse a él, con el joven
rico, fiel y con ganas de ser perfecto; con amigos que le abren las puertas de
su casa como Marta, María y Lázaro.
Su felicidad mayor es ver la
acogida que se da a la Palabra, la liberación
de los posesos, la conversión de una mujer pecador ay de un publicano
como Zaqueo, la generosidad de la viuda. El mismo se siente inundado por una
gran alegría cuando comprueba que los más péquenos tienen
acceso a la Revelación del Reino, cosa que queda escondida a los sabios
y prudentes. Sí, "habiendo Cristo compartido en todo nuestra
condición humana, menos en el pecado", él ha aceptado y
gustado las alegrías afectivas y espirituales, como un don de Dios.
Y no se concedió tregua
alguna hasta que no "hubo anunciado la salvación a los pobres, a
los afligidos el consuelo". El evangelio de Lucas abunda de manera
particular en esta semilla de alegría. Los milagros de Jesús,
las palabras del perdón son otras tantas muestras de la bondad
divina: la gente se alegraba por tantos portentos como hacía y daba
gloria a Dios. Para el cristiano, como para Jesús, se trata de vivir las
alegrías humanas, que el Creador pone a su disposición, en acción
de gracias al Padre.
Aquí nos interesa destacar
el secreto de la insondable alegría que Jesús lleva dentro de
sí y que lees propia. Es sobre todo el evangelio de San Juan el que nos
descorre el velo, descubriéndonos las palabras íntimas del
Hijo de Dios hecho hombre. Si Jesús irradia esa paz, esa seguridad, esa
alegría, esa disponibilidad, se debe al amor inefable con que se sabe
amado por su Padre. Después de su bautismo a orillas del Jordán,
este amor, presente desde el primer instante de su Encarnación, se
hace manifiesto: "Tu eres mi hijo amado, mi predilecto".
Esta certeza es inseparable de la
conciencia de Jesús. Es una presencia que nunca lo abandona. Es un
conocimiento íntimo el que lo colma: "El Padre me conoce y yo
conozco al Padre". Es un intercambio incesante y total: "Todo lo que
es mío es tuyo, y todo lo que es tuyo es mío". El Padre ha
dado al Hijo el poder de juzgar y de disponer de la vida. Entre ellos se da una
inhabitación recíproca: "Yo estoy en el Padre y el Padre
está en mí". En correspondencia, el Hijo tiene para con el
Padre un amor sin medida: "Yo amo al Padre y procedo conforme al mandato
del padre". Hace siempre lo que place al Padre, es ésta su
"comida".
Su disponibilidad llega hasta la
donación de su vida humana, su confianza hasta la certeza de recobrarla:
"Por esto me ama el Padre, porque yo entrego mi vida, bien que para
recobrarla". En este sentido, él se alegra de ir al padre. No se
trata, para Jesús, de una toma de conciencia efímera: es la
resonancia, en su conciencia de hombre, del amor que él conoce desde
siempre, en cuanto Dios, en el seno de Padre: "Tú me has amado
antes de la creación del mundo".
Existe una relación
incomunicable de amor, que se confunde con su existencia de Hijo y que
constituye el secreto de la vida trinitaria: el Padre aparece en ella como el
que se da al Hijo, sin reservas y sin intermitencias, en un palpitar de
generosidad gozosa, y el Hijo, como el que se da de la misma manera al Padre
con un impulso de gozosa gratitud, en el Espíritu Santo.
De ahí que los
discípulos y todos cuantos creen en Cristo, estén llamados a
participar de esta alegría. Jesús quiere que sientan dentro de
sí su misma alegría en plenitud: "Yo les he revelado
tu nombre, para que el amor con que tú me has amado esté en ellos
y también yo esté en ellos".
Esta alegría de estar
dentro del amor de Dios comienza ya aquí abajo. Es la alegría del
Reino de Dios. Pero es una alegría concedida a lo largo de un camino
escarpado, que requiere una confianza total en el Padre y en el Hijo, y dar una
preferencia a las cosas del Reino. El mensaje de Jesús promete ante todo
la alegría, esa alegría exigente; ¿no se abre con las
bienaventuranzas? "Dichosos vosotros los pobres, porque el Reino de los
cielos es vuestro. Dichosos vosotros lo que ahora pasáis hambre, porque
quedaréis saciados. Dichosos vosotros, los que ahora lloráis,
porque reiréis".
Misteriosamente, Cristo mismo,
para desarraigar del corazón del hombre el pecado de suficiencia y
manifestar al Padre una obediencia filial y completa, acepta morir a manos de
los impíos, morir sobre una cruz. Pero el Padre no permitió que
la muerte lo retuviese en su poder. La resurrección de Jesús es
el sello puesto por el Padre sobre el valor del sacrificio de su Hijo; es la
prueba de la fidelidad del Padre, según el deseo formulado por
Jesús antes de entrar en su pasión: "Padre, glorifica a tu
Hijo, para que tu Hijo te glorifique". Desde entonces Jesús vive
para siempre en la gloria del Padre y por esto mismo los
discípulos se sintieron arrebatados por una alegría imperecedera
al ver al Señor, el día de Pascua.
Sucede que, aquí abajo, la
alegría del Reino hacha realidad, no puede brotar más que de la
celebración conjunta de la muerte y resurrección del
Señor. Es la paradoja de la condición cristiana que esclarece
singularmente la de la condición humana: ni las pruebas, ni los
sufrimientos quedan eliminados de este mundo, sino que adquieren un nuevo
sentido, ante la certeza de compartir la redención llevada a cabo por el
Señor y de participar en su gloria.
Por eso el cristiano, sometido a
las dificultades de la existencia común, no queda sin embargo reducido a
buscar su camino a tientas, ni a ver la muerte el fin de sus esperanzas. En
efecto, como yo lo anunciaba el profeta: "El pueblo que caminaba en
tinieblas vio una luz grande; habitaban tierra de sombras y una luz les
brilló. Acreciste la alegría, aumentaste el gozo". El Exsultet pascual canta un misterio realizado
por encima de las esperanzas proféticas: en el anuncio gozoso de la
resurrección, la pena misma del hombre se halla transfigurada, mientras
que la plenitud de la alegría surge de la victoria del Crucificado, de
su Corazón traspasado, de su Cuerpo glorificado y esclarece las
tinieblas de las almas": "Et nox illuminatio mea in deliciis meis".
La alegría pascual no es
solamente la de una transfiguración posible: es la de una nueva
presencia de Cristo resucitado, dispensando a los suyos el Espíritu,
para que habite en ellos. Así el Espíritu Paráclito es
dado a la Iglesia como principio inagotable de su alegría de esposa de
Cristo glorificado. El lo envía de nuevo para recordar, mediante el
ministerio de gracia y de verdad ejercido por los sucesores de los
Apóstoles, la enseñanza misma del Señor. El suscitó
en la Iglesia la vida divina y el apostolado. Y el cristiano sabe que este
Espíritu no se extinguirá jamás en el curso de la
historia. La fuente de esperanza manifestada en Pentecostés no se
agotará.
El Espíritu que procede
del Padre y del Hijo, de quienes es el amor mutuo viviente, es pues comunicado
al Pueblo de la nueva Alianza y a cada alma que se muestre disponible a su
acción íntima. El hace de nosotros su morada, dulce
huésped del alma. Con él habitan en el corazón del hombre
el Padre y el Hijo. El Espíritu Santo suscita en el corazón humano
una plegaria filial impregnada de acción de gracias, que brota de
lo íntimo del alma, en la oración y se expresa en la
alabanza, la acción de gracias, la reparación y la
súplica.
Entonces podemos gustar la
alegría propiamente espiritual, que es fruto del Espíritu Santo:
consiste esta alegría en que el espíritu humano halla reposo y
una satisfacción íntima en la posesión de Dios Trino,
conocido por la fe y amado con la caridad que proviene de él. Esta
alegría caracteriza por tanto todas las virtudes cristianas. las
pequeñas alegrías humanas que constituyen en nuestra vida como la
semilla de una realidad más alta, queden transfiguradas. Esta
alegría espiritual, aquí abajo, incluirá siempre en alguna
medida la dolorosa prueba de la mujer en trance de dar a luz, y un cierto
abandono aparente, parecido al del huérfano: lágrimas y gemidos,
mientras que el mundo hará alarde de satisfacción, falsa en
realidad. pero la tristeza de los discípulos, que es según Dios y
no según el mundo, se trocará pronto en una alegría
espiritual que nadie podrá arrebatarles.
He ahí el estatuto de la
existencia cristiana y muy en particular de la vida apostólica. Esta, al
estar animada por un amor apremiante del Señor y de los hermanos, se
desenvuelve necesariamente bajo el signo del sacrificio pascual, yendo por amor
a la muerte y por la muerte a la vida y al amor. De ahí la
condición del cristiano, y en primer lugar del apóstol que debe
convertirse en el "modelo del rebano" y asociarse libremente a la
pasión del Redentor. Ella corresponde de este modo a lo que había
sido definido en el evangelio como la ley de la bienaventuranza cristiana en
continuidad con el destino de los profetas: "Dichosos vosotros si os
insultan, os persiguen y os calumnian de cualquier modo por causa mía. Estad
alegres y contentos, porque vuestra recompensa serán grande en los
cielos: fue así como persiguieron a los profetas que os han
precedido".
Desafortunadamente no nos faltan
ocasiones para comprobar, en nuestro siglo tan amenazado por la ilusión
del falso bienestar, la incapacidad "psíquica" del hombre para
acoger "lo que es del Espíritu de Dios: es una locura y no lo pude
conocer, porque es con el espíritu como hay que juzgarla". El mundo
-que es incapaz de recibir el Espíritu de Verdad, que no ve ni conoce-
no percibe más que una cara de las cosas. Considera solamente la
aflicción y la pobreza del espíritu, mientras éste en lo
más profundo de sí mismo, siente siempre alegría porque
está en comunión con el Padre y con su Hijo Jesucristo.
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