|
La alegría
en el corazón de los santos
Esta es, amadísimos
Hermanos e Hijos, la gozosa esperanza que brota de la fuente misma de la
Palabra de Dios. Desde hace veinte siglos esta fuente de alegría no ha
cesado de manar en la Iglesia y especialmente en el corazón de los
santos. Vamos a sugerir ahora algunos ecos de esta experiencia espiritual, que
ilustra, según la diversidad de los carismas y de las vocaciones
particulares, el misterio de la alegría cristiana.
El primer puesto corresponde a la
Virgen María, llena de gracia, la Madre del Salvador. Acogiendo el
anuncio de lo alto, sierva del Señor, esposa del Espíritu Santo,
madre del Hijo eterno, ella deja desbordar su alegría ante su prima
Isabel que alaba su fe: "Mi alma engrandece al Señor y exulta de
júbilo mi espíritu en Dios, mi Salvador... Por eso, todas las
generaciones me llamarán bienaventurada". Ella mejor que ninguna
otra criatura, ha comprendido que Dios hace maravillas: su Nombre es santo,
muestra su misericordia, ensalza a los humildes, es fiel a sus promesas.
Sin que el discurrir aparente de
su vida salga del curso ordinario, medita hasta los más pequeños
signos de Dios, guardándolos dentro de su corazón. Sin que los
sufrimientos queden ensombrecidos, ella está presente al pie de la cruz,
asociada de manera eminente al sacrificio del Siervo inocente, como madre de
dolores. pero ella está a la vez abierta sin reserva a la alegría
de la Resurrección; también ha sido elevado, en cuerpo y alma, a
la gloria del cielo. Primera redimida, inmaculada desde el momento de su
concepción, morada incomparable del Espíritu, habitáculo
purísimo del Redentor de los hombres, ella es el mismo tiempo la Hija
amadísima de Dios y, en Cristo, la Madre universal. Ella es el tipo
perfecto de la Iglesia terrestre y glorificada.
Qué maravillosas
resonancias adquieren en su singular existencia de Virgen de Israel las
palabras proféticas relativas a la nueva Jerusalén:
"Altamente me gozaré en el Señor y mi alma saltará de
júbilo en mi Dios, porque me vistió de vestiduras de
salvación y me envolvió en manto de justicia, como esposo que se
cine la frente con diadema, y como esposa que se adorna con sus joyas".
Junto con Cristo, ella recapitula todas las alegrías, vive la perfecta
alegría prometida a la Iglesia: "Mater plena sanctae
laetitiae" y, con toda razón, sus hijos de la tierra, volviendo los
ojos hacia la madre de la esperanza y madre de la gracia, la invocan como causa
de su alegría: "Causa nostrae laetitiae".
Después de María,
la expresión de la alegría más pura y ardiente la
encontramos allá donde la Cruz de Jesús es abrazada con el
más fiel amor, en los mártires, a quienes el Espíritu
Santo inspira, en el momento crucial de la prueba, una espera apasionada de la
venida del Esposo. San Esteban, que muere viendo los cielos abiertos, no es
sino el primero de los innumerables testigos de Cristo.
También en nuestros
días y en numerosos países, cuántos son los que,
arriesgando todo por Cristo, podrían afirmar como el mártir san
Ignacio de Antioquia: "Con gran alegría os escribo, deseando morir.
Mis deseos terrestres han sido crucificados y ya no existe en mí una
llama para amar la materia, sino que hay en mí un agua viva que murmura
y dice dentro de mí: "Ven hacia el Padre".
Asimismo, la fuerza de la
Iglesia, la certeza de su victoria, su alegría al celebrar el combate de
los mártires, brota al contemplar en ellos la gloriosa fecundidad de la
Cruz. Por eso nuestro predecesor san León Magno, exaltando desde esta
Sede romana el martirio de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo exclama:
"Preciosa es a los ojos del Señor la muerte de sus santos y ninguna
clase de crueldad puede destruir una religión fundada sobre el misterio
de la Cruz de Cristo. La Iglesia no es empequeñecida sino engrandecida
por las persecuciones; y los campos del Señor se revisten sin cesar con
más ricas mieses cuando los granos, caídos uno a uno, brotan de
nuevo multiplicados.
Pero existen muchas moradas en la
casa del Padre y, para quienes el Espíritu Santo abrasa el
corazón, muchas maneras de morir a sí mismos y de alcanzar la
santa alegría de la resurrección. La efusión de sangre no
es el único camino. Sin embargo, el combate por el Reino incluye
necesariamente la experiencia de una pasión de amor, de la que han
sabido hablar maravillosamente los maestros espirituales.
Y en este campo sus experiencias
interiores se encuentran, a través de la diversidad misma de tradiciones
místicas, tanto en Oriente como en Occidente. Todas presentan el mismo
recorrido del alma, "per crucem ad lucem", y de este mundo al Padre,
en el soplo vivificador del Espíritu.
Cada uno de estos maestros
espirituales nos ha dejado un mensaje sobre la alegría. En los Padres
Orientales abundan los testimonios de esta alegría en el
Espíritu. Orígenes, por ejemplo, ha descrito en muchas ocasiones
la alegría de aquel que alcanza el conocimiento íntimo de
Jesús: "Su alma es entonces inundada de alegría como la del
viejo Simeón.
En el templo que es la Iglesia,
estrecha a Jesús en sus brazos. Goza de la plenitud de la
salvación teniendo en Aquel en quien Dios reconcilia al mundo. En la
Edad Media, entre otros muchos, un maestro espiritual del Oriente,
Nicolás Cabasilas, se esfuerza por demostrar cómo el amor de Dios
de suyo procura la alegría más grande. En Occidente es suficiente
citar algunos nombres entre aquellos que han hecho escuela en el camino de la
santidad y de la alegría. San Agustín, san Bernardo, santo
domingo, san Ignacio de Loyola, san Juan de la Cruz, santa Teresa de Avila, san
Francisco de Sales, san Juan Bosco.
Deseamos evocar muy especialmente
tres figuras, muy atrayentes todavía hoy para todo el pueblo cristiano.
En primer lugar el pobrecillo de Asís, cuyas huellas se esfuerzan en
seguir muchos peregrinos del Ano Santo. Habiendo dejado todo por el
Señor, él encuentra, gracias a la santa pobreza, algo por
así decir de aquella bienaventuranza con que el mundo salió
intacto de las manos del Creador. En medio de las mayores privaciones, medio
ciego, él pudo cantar el inolvidable Cántico de las Criaturas, la
alabanza a nuestro hermano Sol, a la naturaleza entera, convertida para
él en un transparente y puro espejo de la gloria divina, así como
la alegría ante la venida de "nuestra hermana la muerte
corporal": "Bienaventurados aquellos que se hayan conformado a tu
santísima voluntad...".
En tiempos más recientes,
Santa Teresa de Lisieux nos indica el camino valeroso del abandono en las manos
de Dios, a quien ella confía su pequeñez. Sin embargo, no por eso
ignora el sentimiento de la ausencia de Dios, cuya dura experiencia ha hecho, a
su manera, nuestro siglo: "A veces le parece a este pajarito (a quien ella
se compara) no creer que exista otra cosa sino las nubes que lo envuelven... Es
el momento de la alegría perfecta para el pobre, pequeño y
débil ser... Qué dicha para él permanecer allí y
fijar la mirada en la luz invisible que se oculta a su fe ".
Finalmente, ¿cómo
no mencionar la imagen luminosa para nuestra generación del ejemplo del
bienaventurado Maximiliano Kolbe, discípulo genuino de San Francisco? En
medio de las más trágicas pruebas que ensangrentaron nuestra
época, él se ofrece voluntariamente a la muerte para salvar a u
hermano desconocido; y los testigos nos cuentan que su paz interior, su
serenidad y su alegría convirtieron de alguna manera aquel lugar de
sufrimiento, habitualmente como una imagen del infierno para sus pobres
compañeros y para él mismo, en la antesala de la vida eterna.
En la vida de los hijos de la
Iglesia, esta participación en la alegría del Señor es
inseparable de la celebración del misterio eucarístico, en donde
comen y beben su Cuerpo y su Sangre. Así sustentados, como los
caminantes, en el camino de la eternidad, reciben ya sacramentalmente las
primicias de la alegría escatológica.
Puesta en esta perspectiva, la
alegría amplia y profunda derramada ya en la tierra dentro del
corazón de los verdaderos fieles, no puede menos de revelarse como
"diffusivum sui", lo mismo que la vid ay el amor de los que es un
síntoma gozoso.
La alegría es el resultado
de una comunión humano-divina y tiende a una comunión cada vez
más universal. De ninguna manera podría incitar a quien la gusta
a una actitud de repliegue sobre sí mismo Procura al corazón una
apertura católica hacia el mundo de los hombres, al mismo tiempo que los
fustiga con la nostalgia de los bienes eternos. En los que la adoptan ahonda la
conciencia de su condición de destierro, pero los preserva de la
tentación de abandonar su puesto de combate por el advenimiento del
Reino. Los hace encaminarse con premura hacia la consumación celestial
de las Bodas del Cordero.
Está serenamente tensa
entre el tiempo de las fatigas terrestres y la paz de la Morada eterna,
conforme a la ley de gravitación del Espíritu: "Si pues, por
haber recibido estas arras (del Espíritu filial), gritamos ya desde ahora:
"abba, Padre", ¿qué será cuando, resucitados,
los veamos cara a cara, cuando todos los miembros en desbordante marea
prorrumpirán en un himno de júbilo, glorificando a Aquel que los
ha resucitado de ente los muertos y premiado con la vida eterna? Porque si
ahora las simples arras, envolviendo completamente en ellas al hombre, le hacen
gritar: "Abba, Pater", ¿qué no hará la gracia
plena del Espíritu, cuando Dios la haya dado a los hombres? Ella nos
hará semejantes a él y dará cumplimiento a la voluntad del
Padre, porque ella hará al hombre a imagen y semejanza de Dios". Ya
desde ahora, los santos nos ofrecen una pregustación de esta semejanza.
|