|
Una alegría
para todo el pueblo
Al escuchar esta voz
múltiple y unánime de los santos, ¿no habremos olvidado la
condición presente de la sociedad humana, aparentemente tan poco
dispuesta al cultivo de los bienes sobrenaturales? ¿No habremos estimado
en demasía las aspiraciones espirituales de los cristianos de este
tiempo? ¿No habremos reservado nuestra exhortación a un
pequeño número de sabios y prudentes? No podemos olvidar que el
Evangelio ha sido anunciado en primer lugar a los pobres y a los humildes, con
su esplendor tan sencillo y su contenido plenario.
Si hemos evocado este panorama
luminoso de la alegría cristiana, no es que hayamos pensado en absoluto
en desanimar a ninguno de vosotros, amadísimos Hermanos e Hijos, que
sentís vuestro corazón dividido cuando os llega la llamada de
Dios. Al contrario, Nos sentimos que nuestra alegría, lo mismo que la
vuestra, no será completa si no miramos juntos, con plena confianza,
hacia "el autor y consumador de la fe, Jesús; el cual, en vez del
gozo que se le ofrecía soportó la cruz, sin hacer caso de la
ignominia, y está sentado a la diestra del trono de Dios. Traed, pues, a
vuestra consideración al que soportó la contradicción de
los pecadores contra sí mismo para que no decaigáis de
ánimo rendidos por la fatiga".
La invitación dirigida por
Dios Padre a participar plenamente en la alegría de Abrahán, en
la fiesta eterna de las Bodas del Cordero, es una llamada universal. Cada
hombre, con tal que se muestre atento y disponible, la puede percibir en lo
hondo de su corazón, muy especialmente durante este Ano Santo en que la
Iglesia abre a todos, de manera más abundante, los tesoros de la
misericordia de Dios. "Pues para vosotros, hijos, es la Promesa; como
también para cuantos están ahora lejos, y serán llamados
por el Señor nuestro Dios".
Nós no podemos pensar en
el pueblo de Dios de una manera abstracta. Nuestra mirada se dirige
primeramente al mundo de los niños. Sólo cuando ellos encuentran
en el amor de los que les rodean la seguridad que necesitan, adquieren
capacidad de recepción, de maravilla, de confianza, de espontaneidad, y
son aptos para la alegría evangélica. Quien quiera entrar en el
Reino, nos dice Jesús, debe primeramente hacerse como ellos. Nos
dirigimos especialmente a todos aquellos que tienen responsabilidad familiar,
profesional, social. El peso de sus cargas, en un mundo que cambia con rapidez,
les priva con frecuencia de la posibilidad de gustar las alegrías
cotidianas. Sin embargo, estas existen. El Espíritu Santo desea
ayudarles a descubrirlas de nuevo, a purificarlas, a compartirlas.
Pensamos en el mundo del dolor,
en todos aquellos que están llegando al ocaso de su vida. La
alegría de Dios llama a la puerta de sus sufrimientos físicos y
morales no ciertamente como por una ironía, sino para realizar
allí su paradójica obra de transfiguración.
Nuestro espíritu y nuestro
corazón se dirigen igualmente hacia todos aquellos que viven más
allá de la esfera visible del Pueblo de Dios. Al poner su vida en
consonancia con las llamadas más hondas de sus conciencias, eco de la
voz de Dios, se hallan en el camino de la alegría.
Pero el Pueblo de Dios no puede
avanzar sin guías. Estos son los pastores, los teólogos, los
maestros del espíritu, los sacerdotes y aquellos que cooperan con ellos
en la animación de las Comunidades cristianas. Su misión es
ayudar a sus hermanos a escoger los senderos de la alegría
evangélica, en medio de las realidades que constituyen su vida y de las
que no pueden escapar.
Sí, el amor inmenso de
Dios es el que llama a convergir hacia la Ciudad celeste a todos aquellos que
llegan desde distintos puntos del horizonte, sean quienes sean, en este tiempo
del Ano Santo, estén cercanos o lejanos todavía. Y puesto que
todos los indicados -en una palabra, todos nosotros- son de algún modo
pecadores, es necesario hoy día dejar de endurecer nuestro corazón,
para escuchar la voz del Señor y acoger la propuesta del gran
perdón, tal como lo anuncia Jeremías: "Los purificaré
de toda iniquidad con la que pecaron contra mí y con la que me han sido
infieles. Jerusalén será para mí gozo, honor y gloria
entre todas las naciones de la tierra".
Y como esta promesa de
perdón, igual que otras muchas, adquieren su definitivo sentido en el
sacrificio redentor de Jesús, el Siervo doliente, es El, y solamente El,
quien puede decirnos en este momento crucial de la vida de la humanidad: "Convertíos
y creed en el Evangelio". El Señor quiere sobre todo hacernos
comprender que la conversión que se pide no es en absoluto un paso hacia
atrás, como sucede cuando se peca.
Por el contrario, la
conversión es una puesta en marcha, una promoción en la verdadera
libertad y en la alegría. Es respuesta a una invitación que
proviene de él, amorosa, respetuosa y urgente a la vez: "Venid a
mí cuantos andáis fatigados y abrumados de carga, y yo os
aliviaré. Tomad y cargad mi yugo; haceos discípulos míos,
pues yo soy de benigno y humilde corazón; y hallaréis reposo para
vuestras almas".
En efecto, ¿qué
carga más abrumadora que la del pecado? ¿Qué miseria
más solitaria que la del hijo pródigo, descrita por el
evangelista San Lucas? Por el contrario, ¿qué encuentro
más emocionante que el del Padre, paciente y misericordioso, y el del
hijo que vuelve a la vida? "Habrá en el cielo más gozo por
un pecador que se convierte, que por noventa y nueve justos que no necesitan
convertirse".
Ahora bien, ¿quién
está sin pecado, a excepción de Cristo y de su Madre inmaculada?
Así, con su invitación a descubrir al Padre mediante el
arrepentimiento, el Ano Santo -promesa de reconciliación para todo el
Pueblo- es también una llamada a descubrir de nuevo el sentido y la
práctica del sacramento de la Reconciliación. Siguiendo los pasos
de la mejor tradición espiritual, recordamos a los fieles y a sus
pastores que la acusación de las faltas graves es necesaria y que la
confesión frecuente sigue siendo una fuente privilegiada de santidad, de
paz y de alegría.
|