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La alegría
del peregrino en este Año Santo
En este caminar de todo el Pueblo
de Dios se inscribe naturalmente el Año Santo, con su peregrinar. La
gracia del Jubileo se obtiene en efecto al precio de una puesta en marcha y de
un caminar hacia Dios, en la fe, la esperanza y el amor. Al diversificar
los medios y los momentos de este Jubileo, hemos querido facilitar a cada uno
todo lo que es posible. Lo esencial sigue siendo la decisión interior de
responder a la llamada del Espíritu, de manera personal, como
discípulos de Jesús, en cuanto hijos de la Iglesia
católica y apostólica y según las intenciones de esta
Iglesia.
Lo demás pertenece al
orden de los signos y de los medios. Sí, la peregrinación deseada
es para el Pueblo de Dios en su conjunto y para cada persona en el seno de este
Pueblo un movimiento, una Pascua, es decir, un paso hacia el lugar interior
donde el Padre, el Hijo y el Espíritu lo acogen en su propia intimidad y
unidad divina: "Si alguien me ama, dice Jesús, mi Padre lo
amará y vendremos a él y pondremos en él nuestra morada".
Lograr esta presencia supone constantemente una profundización de la
verdadera conciencia de sí mismo como criatura y como Hijo de Dios.
¿No es una
renovación interior de este género la que ha querido
fundamentalmente el reciente Concilio? Ahora bien, se trata allí
ciertamente de una obra del Espíritu, de un don de Pentecostés.
Hay que reconocer también una intuición profética en
nuestro Predecesor Juan XXIII cuando preveía una especie de nuevo
Pentecostés como fruto del Concilio. Nosotros mismo hemos querido
situarnos en la misma perspectiva y en la misma espera.
No es que los efectos de
Pentecostés hayan cesado de ser actuales a lo largo de la historia de la
Iglesia, pero son tan grandes las necesidades y los peligros de este siglo, son
tan vastos los horizontes de una humanidad conducida hacia una coexistencia
mundial que luego se ve incapaz de realizar, que esa misma humanidad no puede
tener salvación sino en una nueva efusión del Don de Dios. Venga,
pues, el Espíritu Creador a renovar la faz de la tierra.
Durante este Año Santo, os
hemos invitado a hacer de manera real o espiritual, una peregrinación a
Roma, es decir al centro de la Iglesia católica. Pero es evidente que
Roma no constituye la meta final de nuestra peregrinación terrena.
Ninguna ciudad santa constituye tal meta. Esta se encuentra más
allá de este mundo, en lo profundo del misterio de Dios, invisible
todavía para nosotros; porque caminamos en la fe, no es una
visión clara, y lo que seremos no se nos ha revelado todavía.
La nueva Jerusalén, de la
que somos desde ahora ciudadanos e hijos, desciende de lo alto, de Dios.
Nosotros no hemos contemplado aún el esplendor de esa única
cuidad definitiva, sino que lo entrevemos como en un espejo, de manera confusa,
manteniendo con firmeza la palabra profética. pero desde ahora somos
ciudadanos de la misma o estamos convidados a serlo; toda peregrinación
espiritual recibe su significado interior de este destino último.
Así sucede con la
Jerusalén celebrada por los salmistas. Jesús mismo y María
su Madre han cantado en la tierra, mientras subían hacia
Jerusalén, los cánticos de Sión, "perfección
de la hermosura, delicia de toda la tierra". Pero es de Cristo de quien,
desde entonces, la Jerusalén de arriba recibe su atractivo, y hacia El se
dirige nuestra marcha interior.
Así sucede también
con Roma, donde los santos Apóstoles Pedro y Pablo derramaron su sangre
como testimonios supremo. Su vocación es de origen apostólico y
el ministerio que nosotros debemos ejercer desde ella es un servicio en favor
de la Iglesia entera y de la humanidad. Pero es un servicio insustituible
porque quiso la Sabiduría divina colocar a la Roma de Pedro y Pablo en
el camino, por así decir, que conduce a la Ciudad eterna, confiando a
Pedro, que unifica en sí al Colegio Episcopal, las llaves del Reino de
los cielos.
Lo que aquí vive, no por
voluntad humana sino por libre y misericordiosa benevolencia del Padre,
del Hijo y del Espíritu, es la solidez de Pedro, como la evoca
nuestro Predecesor San León Magno, en términos inolvidables:
"San Pedro no cesa de presidir desde su Sede, y conserva una
participación incesante con el Sumo Pontífice. La firmeza que
él recibe de la Roca que es Cristo, convirtiéndose él
mismo en Pedro, la transmite a su vez a sus herederos; y dondequiera que aparece
alguna firmeza, se manifiesta de manera indudable la fuerza del Pastor (...).
He ahí que esté en
su pleno vigor y vida, en el Príncipe de los Apóstoles, aquel
amor de Dios y de los hombres que no han logrado atemorizar ni la
reclusión en el calabozo, ni las cadenas, ni las presiones de la
muchedumbre, ni las amenazas de los reyes; y lo mismo sucede con su fe
invencible, que no ha cedido en el combate ni se ha debilitado en la
victoria".
Nós deseamos que en todo
tiempo, pero, más todavía durante la celebración del Ano
Santo, experimentéis vosotros con Nos, sea en Roma, sea en cualquier
Iglesia consciente del deber de sintonizarse con la auténtica
tradición conservada en Roma, "cuán bueno y hermoso es
habitar en uno los hermanos".
Alegría común,
verdaderamente sobrenatural, don del Espíritu de unidad y de amor, y que
no es posible de verdad sino donde la predicación de la fe es acogida
íntegramente, según la norma apostólica. Porque esta fe,
la Iglesia católica "aunque dispersa por el mundo entero, la guarda
cuidadosamente, como si habitara en una sola casa, y cree en ella
unánimemente, como si no tuviera más que un alma y un
corazón; y con una concordancia perfecta, la predica, la enseña y
la trasmite, como si no tuviera sino una sola boca".
Esta "sola casa", este
"corazón" y esta "alma" únicos, esta
"sola boca", son indispensables a la Iglesia y a la humanidad en su
conjunto, para que pueda elevarse permanentemente aquí abajo, en
armonía con la Jerusalén de arriba, el cántico nuevo, el
himno de la alegría divina. Y es la razón por la que Nos mismo
debemos ser fiel, de manera humilde, paciente y obstinada, aunque sea en medio
de la incomprensión de muchos, al encargo recibido del Señor de
guiar su rebano y de confirmar a los hermanos. pero a la vez de cuántas
maneras Nos sentimos confortado por nuestros hermanos y pro el recuerdo de
todos vosotros, para cumplir nuestra misión apostólica de
servicio a la Iglesia universal, para gloria de Dios Padre.
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