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Conclusión
En el curso de este Ano Santo,
hemos creído ser fiel a las inspiraciones del Espíritu Santo,
pidiendo a los cristianos que vuelvan de este modo a las fuentes de la
alegría. Hermanos e Hijos amadísimos: ¿No es normal que
tengamos alegría dentro de nosotros, cuando nuestros corazones
contemplan o descubren de nuevo, por la fe, sus motivos fundamentales? Estos
son además sencillos: Tanto amó Dios al mundo que le dio su
único Hijo; por su Espíritu, su Presencia no cesa de envolvernos
con su ternura y de penetrarnos con su Vida; vamos hacia la
transfiguración feliz de nuestras existencias, siguiendo las huellas de
la resurrección de Jesús. Sí, sería muy
extraño que esta Buena Nueva, "que suscita el aleluya de la Iglesia
no nos diese un aspecto de salvados".
La alegría de ser
cristianos, vinculado a la Iglesia "en Cristo", es estado de gracia
con Dios, es verdaderamente capaz de colmar el corazón humano.
¿No es esta exultación profunda la que da un acento trastornador
al Memorial de Pascal: "Alegría, alegría, alegría, lágrimas
de alegría"?
La alegría nace siempre de
una cierta visión acerca del hombre y de Dios. "Si tu ojo
está sano todo tu cuerpo será luminoso". Tocamos aquí
la dimensión original e inalienable de la persona humana: su
vocación a la felicidad pasa siempre por los senderos del conocimiento y
del amor, de la contemplación y de la acción. ¡Ojalá
logréis alcanzar lo que hay de mejor en el alma de vuestro hermano y esa
Presencia divina, tan próxima al corazón humano!.
¡Que nuestros hijos
inquietos de ciertos grupos rehacen pues los excesos de la crítica
sistemática y aniquiladora! Sin necesidad de salirse de una
visión realista, que las comunidades cristianas se conviertan en lugares
de optimismo, donde todos sus miembros se entrenen resueltamente en el
discernimiento de los aspectos positivos de las personas y de los
acontecimientos. "La caridad no se goza de la injusticia, sino que se
alegra con la verdad. Lo excusa todo. Cree siempre. Espera siempre. Lo soporta
todo".
La educación para una tal
visión no es solo cuestión de sicología. Es también
un fruto del Espíritu Santo. Este Espíritu que habita en plenitud
la persona de Jesús, lo hace durante su vida terrestre tan atento a las
alegrías de la vida cotidiana, tan delicado y persuasivo para enderezar
a los pecadores por el camino de una nueva juventud de corazón y de
espíritu. Es el mismo Espíritu que animaba a la Virgen
María y a cada uno de los santos. En este mismo Espíritu el que
sigue dando aún a tantos cristianos la alegría de vivir cada
día su vocación particular en la paz y la esperanza que sobrepasa
los fracasos y los sufrimientos.
Este es el Espíritu de
Pentecostés que impulsa hoy a numerosos discípulos de Cristo por
los caminos de la oración, en la alegría de una alabanza filial,
y hacia el servicio humilde y gozoso de los desheredados y de los marginados de
nuestra sociedad. Porque la alegría no puede separarse de la
participación. En el mismo Dios, todo es alegría porque todo es
un Don.
Esta mirada positiva sobre los
seres y sobre las cosas, fruto de un espíritu humano iluminado y fruto
del Espíritu Santo, halla en los cristianos un lugar privilegiado de
renovación: la celebración del misterio pascual de Jesús.
En su Pasión, en su Muerte y en su Resurrección, Cristo
recapitula la historia de todo hombre y de todos los hombres, con su carga de
sufrimientos y de pecados, con sus posibilidades de excesos y de santidad.
Por eso nuestra última
palabra de esta Exhortación es una llamada urgente a todos los
responsables y animadores de las comunidades cristianas: que no teman insistir
a tiempo y a destiempo sobre la fidelidad de los bautizados a la
celebración gozosa de la Eucaristía dominical.
¿Cómo podrían abandonar este encuentro, este banquete que
Cristo nos prepara con su amor? ¡Que la participación sea muy
digna y festiva a la vez! Cristo, crucificado y glorificado viene en medio de
sus discípulos para conducirlos juntos a la renovación de su
Resurrección. Es la cumbre, aquí abajo, de la Alianza de amor
entre Dios y su pueblo: signo y fuente de alegría cristiana, preparación
para la Fiesta eterna.
Que el Padre, el Hijo y el
Espíritu Santo os conduzcan a ella. Nós os bendecimos de todo
corazón.
Dado en Roma, junto a San Pedro,
el 9 de mayo del ano 1975, duodécimo de
nuestro Pontificado.
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