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Ioannes Paulus PP. II
Tertio millennio adveniente

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8. La religión que brota del misterio de la Encarnación redentora es la religión del « permanecer en la intimidad de Dios », del participar en su misma vida. De ello habla san Pablo en el pasaje citado al principio: « Dios ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama: ¡Abbá, Padre! » (Gal 4, 6). El hombre eleva su voz a semejanza de Cristo, el cual se dirigía a Dios « con poderoso clamor y lágrimas » (Hb 5, 7), especialmente en Getsemaní y sobre la cruz: el hombre grita a Dios como gritó Cristo y así da testimonio de participar en su filiación por obra del Espíritu Santo. El Espíritu Santo, que el Padre envió en el nombre del Hijo, hace que el hombre participe de la vida íntima de Dios; hace que el hombre sea también hijo, a semejanza de Cristo, y heredero de aquellos bienes que constituyen la parte del Hijo (cf. Gal 4, 7). En esto consiste la religión del « permanecer en la vida íntima de Dios », que se inicia con la Encarnación del Hijo de Dios. El Espíritu Santo, que sondea las profundidades de Dios (cf. 1 Cor 2, 10), nos introduce a nosotros, hombres, en estas profundidades en virtud del sacrificio de Cristo.





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