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Ioannes Paulus PP. II
Tertio millennio adveniente

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11. Desde esta perspectiva se hace comprensible el uso de los jubileos, que comenzó en el Antiguo Testamento y continúa en la historia de la Iglesia. Jesús de Nazaret fue un día a la sinagoga de su ciudad y se levantó para hacer la lectura (cf. Lc 4, 16-30). Le entregaron el volumen del profeta Isaías, donde leyó el siguiente pasaje: « El Espíritu del Señor Yahveh está sobre mí, por cuanto que me ha ungido Yahveh. A anunciar la buena nueva a los pobres me ha enviado, a vendar los corazones rotos; a pregonar a los cautivos la liberación, y a los reclusos la libertad; a pregonar año de gracia de Yahveh » (61, 1-2).

El Profeta hablaba del Mesías. « Hoy —añadió Jesús— se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír » (Lc 4, 21), haciendo entender que el Mesías anunciado por el Profeta era precisamente El, y que en El comenzaba el « tiempo » tan deseado: había llegado el día de la salvación, la « plenitud de los tiempos ». Todos los jubileos se refieren a este « tiempo » y aluden a la misión mesiánica de Cristo, venido como « consagrado con la unción » del Espíritu Santo, como « enviado por el Padre ». Es El quien anuncia la buena noticia a los pobres. Es El quien trae la libertad a los privados de ella, libera a los oprimidos, devuelve la vista a los ciegos (cf. Mt 11, 4-5; Lc 7, 22). De este modo realiza « un año de gracia del Señor », que anuncia no sólo con las palabras, sino ante todo con sus obras. El jubileo, « año de gracia del Señor », es una característica de la actividad de Jesús y no sólo la definición cronológica de un cierto aniversario.




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